domingo, 15 de noviembre de 2009

Imago Mortis






Bueno piltrafillas, incio mi tanda de críticas cinematográficas del fin de semana con la primera película que me decidí por ver, la prescindible Imago Mortis. Lo que nos cuenta la cinta son las desventuras de Bruno Márquez, estudiante en una escuela de cine que ha perdido a su familia recientemente y sufre extrañas visiones, quien sospecha que el director del centro –antiguo realizador cinematográfico- quiere utilizar un aparato llamado tanatógrafo. Dicho aparato es el invento de un científico del siglo XVII llamado Girolamo Fumagalli, quien decía desarrollar una técnica que permitía revelar la última imagen que había grabado la retina de alguien en el preciso instante de su muerte. Claro que para llevar a cabo sus investigaciones tenía que matar a sus cobayas humanas, por lo que la justicia acabó por matarle a él y sus estudios sobre la materia se suspendieron. Sin embargo -ya en el siglo XX- alguien construyó un tanatógrafo, y Bruno cree haberlo encontrado en la escuela.




Amiguitos, el protagonista de esta película italiana con participación española es un tal Alberto Amarilla, joven actor al que conocía de su paso por diversas series de televisión y que –pobre chaval- me cae de lo más antipático. En mi humilde opinión, creo que el pobre es bastante mediocre y que sólo posee un registro –el de llorica histriónico-, del que abusa hasta la exasperación. Entre esto y que la película se hace lenta, esta rodada con poca gracia y el argumento no se sostiene ya podéis imaginar que no os voy a recomendar su visión. Además Imago Mortis parece que pretenda ser intemporal –aunque el estilismo y diseño de vestuario tiene guiños a la actualidad, sobre todo en el caso de la pareja de estudiantes asiáticos-, porque de no ser así no me explico que no aparezca en la cinta ni un sólo teléfono móvil, ni un reloj, ni un iPod... ni una cámara digital, pero el resultado es pobre. Por cierto, que Bruno tiene la manía de sacarse una foto cada mañana con su cámara reflex y vemos como inmediatamente la cuelga de la pared, como si se tratase de una Polaroid –aunque no lo es- mientras que en una escena toma una instantánea de la pared con la misma cámara y en cambio esa vez se va a laboratorio para revelar el negativo. Incongruente amiguitos. Por otra parte, si obviamos que el centro, más que una escuela de cine parece una prisión abandonada o un vetusto sanatorio mental del periodo de entreguerras, podemos encontrarnos en Imago Mortis con pequeños detalles que dejan mucho que desear. Por ejemplo, con un protagonista llamado Bruno, un amigo de este llamado Mateo, la directora Orsini, el director de fotografía Astolfi, una profesora Montenegro... y basándose todo en el invento de ese tal Fumagalli no se entiende que las anotaciones en la pizarra de clase se hagan en inglés y que en la enfermería haya un letrerito en el que pone surgery. En fin piltrafillas, que de salvar algo sólo destacaría al efectivo Álex Angulo y a la siempre inquietante –aunque en su papel habitual, que ya cansa un poco- Geraldine Chaplin. En resumidas cuentas, una obra de supuesto terror bastante malilla. Pobre elección para iniciar el fin de semana.

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