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Tras la llegada a Burano, nos dispusimos a buscar un sitio para comer antes de dedicarnos a deambular por sus calles y canales. Famosa por sus casas de colores y la producción de encaje de hilo de gran calidad, la isla es más coqueta e indicada para el paseo relajado que Murano, aunque está mucho más alejada.
De regreso a Venezia, dejamos el vaporetto en la parada de la Fondamenta Nove, en el sestiere de Cannaregio. Era la hora de tomar un buen Negroni y lo hicimos a lo grande regresando a la Piazza di San Marco y entrando en el Caffé Lavena, un establecimiento del siglo XVIII que aún atesora su esencia y entre cuyas mesas Richard Wagner compuso partes de Parsifal y el dueto de Tristán e Isolda.
Ilustro la entrada con varias instantáneas fantasmagóricas de la zona, como los gigantes –se les conoce popularmente como Moros– que tocan la campana de la Torre dell’Orologio cada hora y la piazzetta, donde destaca la vista nocturna de la Porta della Carta, portal de mármol original del siglo XV ubicado entre la basílica y el palacio ducal que recibe su nombre por ser la entrada al patio en el que se podían encontrar las oficinas de los magnacarta, escribanos públicos que redactaban cartas y contratos para ciudadanos particulares, la mayor parte analfabetos.
Y finalizo la serie con imágenes de algunas galerías de arte que encontramos en nuestro camino de regreso al sestiere de San Polo.
Me voy acercando al fin de semana con la rusa Alena Zhandarova, una fotógrafa establecida en Moscú que consiguió su Máster en Fotografía por el Instituto Europeo de Diseño de Madrid y en la última década ha participado en numerosas exposiciones tanto individuales como colectivas que la han llevado a mostrar sus obras desde Estados Unidos a Corea del Sur, pasando por Japón, Italia, Alemania, Austria o Rusia.
Nuestro segundo día en Venezia amaneció de nuevo con la niebla como protagonista, aunque quizás un poco menos densa que en la jornada anterior.
El objetivo de la mañana era dirigirnos nuevamente hacia los muelles ante el Palazzo Ducale para coger un vaporetto que nos trasladase a la isla de San Giorgio Maggiore para visitar su basílica.
Sin demasiada ornamentación interior, el principal atractivo del templo son las tres obras de Tintoretto que posee, La última cena, La recogida del maná y La deposición. Sin embargo, los cuadros estaban en plena fase de restauración ocultos al público. Así que aprovechamos para visitar una interesante exposición de material de la colección y archivos de la Fondazione Giorgio Cini, anexa al templo.
Y de nuevo, regresamos a la Riva degli Schiavoni para buscar la estación de la línea de vaporetto que debía llevarnos a Murano pasando por delante de la Isola di San Michele, que alberga el cementerio de la ciudad por lo que también recibe el nombre oficioso de isla de los muertos.
Murano es una cercana isla de la Laguna di Venezia dedicada por completo a la industria de su famoso vidrio y actualmente, a la explotación turística del mismo, llena de tiendas, talleres y museos con el cristal como protagonista.
Y sin poder evitar hacer algunas compras –mi suegra, por ejemplo, colecciona figuritas de cristal por lo que no podíamos abandonar la isla sin adquirir algún pequeño recuerdo para ella–, ocupamos parte del mediodía a recorrer algunos de sus rincones. Así, podéis ver imágenes del edificio histórico del Palazzo da Mula –también un taller/museo dedicado al vidrio–, el ruinoso pero aún con encanto Palazzo Trevisan o la Basilica dei Santi Maria e Donato. Desde ahí, decidimos dirigirnos al faro para coger un nuevo vaporetto, esta vez en dirección a la isla de Burano –una hora de cola nos costó (en el primer barco que llegó no pudimos entrar por bien poco)– donde comer y pasear.