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Y después de comer, continuamos con nuestro paseo por Mainz que nos condujo a orillas del Rin, no sin antes admirar el interior de la Pfarrkirche St. Ignaz. De estilo neoclásico, alberga un órgano de principios del siglo XIX del que más del 80% de sus tubos son los originales construidos por Bernhard Dreymann. Una vez junto al río, ni la proximidad del agua rebajaba la sensación de ahogo que el sol y el calor de esas horas nos provocaba. Aún así –si se tiene que hacer se hace, turismo obliga– dimos un largo paseo por el parque de esculturas Rheinufergalerie, entre las que destacaban para mi gusto Raubkatze de Philipp Harth y esa bailarina de la que desconozco el autor. Y desde el río regresamos a la estación por la Kaiserstrasse, avenida en la que destaca la cúpula –no entramos, estábamos demasiado acalorados– de la Evangelische Christuskirche.
Ya en Frankfurt, tras un corto descanso en el hotel, dimos un nuevo paseo al atardecer por la ciudad que nos llevó a la denominada orilla de los museos en Sachsenhausen, en ese momento que los fotógrafos denominan la golden hour y que me ofreció esa luz especial con la que tomar unas fotografías entre las que destaca para mi gusto la del edificio del Banco Central Europeo. Completo las imágenes del día con la de un pequeño utilitario que me encontré antes de cenar.
Inauguro el último fin de semana de agosto con la lituana Aisté Stancikaité, una artista afincada en Berlín que ha llegado a exponer en Nueva York. Autora de unas obras cuya paleta se mueve entre el rojo, el azul y el púrpura, la figura humana es la protagonista de sus cuadros, aunque siempre marcando una distancia con el espectador que se materializa en manos ocultas por gruesos guantes de piel.
La entrada de hoy continúa donde lo dejé ayer, con una vista de la fuente renacentista Marktbrunnen e imágenes de nuestra visita a la catedral de Mainz, la Hoher Dom St. Martin, un imponente ejemplo de arquitectura románica de arenisca roja del que recojo su interior y algunas muestras del arte que albergan sus naves y el claustro. También acompaño una vista del ábside desde la Liebfrauenplatz, donde se encuentra la columna Nagelsäule, erigida en el marco de una campaña de recaudación para financiar el gasto generado durante la Primera Gurra Mundial. Es un pilar de roble tachonado con los clavos de diferentes precios que la gente compraba como donación para las labores de ayuda a las familias de soldados que luchaban en el frente.
Y después de descansar un rato hidratándonos –en mi caso con una refrescante Erdinger Weissbier– nos dirigimos hasta la calle Augustinerstrasse donde se encuentra el rincón conocido como Kirschgarten o huerto del cerezo, que alberga la fuente barroca de Marienbrunnen y un conjunto de casas históricas con entramado de madera, como la Haus am Aschaffenberg, la más antigua de la población. A lo largo de Augustinerstrasse dimos un agradable paseo y visitamos la iglesia Augustinerkirche –con un precioso interior rococó– antes de comer en una zona arbolada con vistas a la antigua torre medieval Holzturm, una de las tres puertas de la antigua muralla de Mainz que aún siguen en pie.