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Pues sí, hoy –que he comido una ensalada de escarola con tomates cherry, atún y queso feta– traigo otra de mis recetas, en esta ocasión un Arroz caldoso de pulpo que hice ayer y –quizás está mal que yo lo diga pero es la verdad– me quedó de rechupete. Eso sí, es muy fácil de preparar y no resulta caro. Lo primero que hay que hacer es cortar dos patas de pulpo cocido –de esas que van envasadas– en rodajitas gruesas y dorarlas un poco en una sartén con aceite de oliva. Luego se reservan y en el mismo aceite impregnado de los jugos que ha desprendido el pulpo se sofríen tres dientes de ajo rallados, una cebolla rallada y pimiento verde y rojo cortados en brunoise –vamos, en daditos muy finos– hasta que se pochen los ingredientes. Entonces se tira una cucharada de pimentón ahumado y después de removerlo todo, se añade tomate troceado y se cocina hasta que el líquido reduzca, quedando una salsa untuosa.
Hecho esto, se tira el arroz a la sartén y se integra en el sofrito un par de minutos antes de apartar del fuego y dejarlo todo preparado hasta que llegue la hora de echar el agua. Llegado el momento –que en esencia, ayer fue cuando mi esposa regresó de su baño con las amigas en la piscina municipal– puse el arroz al fuego y le eché tres partes de agua caliente por cada una de arroz, removiendo un poco y dejándolo cocer a fuego medio. Un par de minutos antes de acabar, añadí el pulpo y lo integré en el arroz. Luego, lo de siempre, sacar del fuego y dejar reposar cinco minutos tapado con un paño limpio de cocina. Como no sé comer arroz con cosas sin pan, lo acompañé de unas rebanadas crujientes de un pan de horno comprado dos días antes. Y para beber, una botella de prosecco millesimato que me había sobrado del anterior fin de semana. Lo dicho, un plato de lo más sabroso.
Este lunes os traigo a un tal Nicolas Le Forestier, un fotógrafo y realizador francés establecido en París del que no os puedo decir gran cosa excepto que se dedica al retrato de jóvenes modelos.
Concluyo esta semana con una extensa selección de fotografías del británico Alex Cayley, un reputado profesional de la moda y la publicidad que ya se pasó por aquí un 11.03.16 lejano en el tiempo.
Este domingo os traigo una película considerada de culto, lo que significa a priori que estamos ante una gema del séptimo arte poco conocida por el gran público o de un montón de guano sin pies ni cabeza que de lo bizarro que es ha recibido ese apelativo por parte de la comunidad más friki del espectro cinéfilo. Pues bien, ya os aviso que no se trata de una cinta que encaje en el primer grupo. Escrita y dirigida por un tal Rodjara –que no es otro que el realizador Manuel Rodríguez Jara, un esquivo amante del cine que con escasos medios rodó varias películas, una incluso de animación, que se retiró de la industria y no concede entrevistas, lo que eleva el grado de malditas de sus obras–, Dimorfo se inicia con una escena que nos muestra a un monje ermitaño –papel interpretado por el propio realizador– que vive en una especie de cueva en medio del bosque y es testigo de la muerte de un hombre que huye desnudo entre la maleza del acoso de unos soldados nazis que visten ropajes holgados a los que les faltan todo tipo de insignias y que más parecen disfraces confeccionados con un tejido tosco que uniformes. Vamos, que tanto podrían ser alemanes como miembros de una chirigota de Cádiz con poco presupuesto. Al monje le perdonan la vida pero –no sé sabe por qué, quizás por el susto– se desmaya y es encontrado por Alejo, un lugareño vestido como un partisano que lo lleva a su hogar. En la casa viven su joven esposa y su anciana madre, a la que interpreta un tal J. Caracuel con una peluca. Ya os he dicho que la película es bastante bizarra. Ana, la joven, le cuenta a su suegra que quiere abandonar a su hijo porque es un psicópata que a veces la observa en silencio por las noches y la anciana le pide paciencia y comprensión, ya que el hombre está enfermo desde que pasó tiempo en un centro psiquiátrico por culpa de sus alucinaciones. Por cierto, a la joven la interpreta una tal Akira Valer, de la que tampoco existen datos en internet. Eso sí, hay una actriz, payasa y pedagoga teatral de Olesa de Montserrat afincada en Pontevedra desde hace años que se llama Akira Valero. La coincidencia es alta, pero a saber si se trata de la misma persona.
En fin, que resulta que el monje es judío, se llama Salomón y está escapando de los nazis desde que huyó mientras le transportaban a un campo de concentración. La vieja le cuenta que Dios dice que hay que amar al prójimo y que arriesgarán sus vidas por ayudarle. Mientras, la joven se insinúa al enigmático Salomón acusando a su esposo de ser un pobre animal acosado por su enfermedad –atención que esta no es otra que su atracción por los hombres– y su madre. La vieja, que no es tonta, no tarda en sorprenderlos en faena. Entonces, para no contar a su hijo lo que ha visto –por cierto, la joven Ana desaparece sin más explicación ni despedida, al parecer por miedo a la reacción del marido–, la anciana le pide al monje que se case con ella. Aunque parece un despropósito, la mujer le cuenta que al morir su esposo dejó una pequeña fortuna en tierras que ella sólo podría disfrutar si se casaba de nuevo. Si a eso le sumamos la atracción homosexual que Alejo comienza a sentir por Salomón, los diálogos muy de principios de los ochenta entre los dos, explicando dicha homosexualidad como un trastorno psiquiátrico provocado por la soledad y ausencia de una esposa y el amor familiar de unos hijos, la austeridad de decorados y elementos de atrezzo, el montaje confuso, la pésima fotografía y giros de guión imposibles como el embarazo de la anciana, Dimorfo se convierte en una de las películas más surrealistas que he visto en los últimos años. Sólo cuando, ante tal despropósito, uno se sorprende que pese al rechazo que la película provoca por su bajo nivel técnico, está expectante por saber cómo finalizará y si serán aclarados todos los interrogantes que genera, queda claro que con cuatro amiguetes, mucha voluntad y escaso apoyo económico se puede hacer una película que, aun siendo la basura que es en general, mantiene al espectador pegado a la pantalla interesado en el desenlace. ¿No necesita eso de cierto talento? Eso sí, el final –que no os contaré y que en parte es previsible– es de traca. Corred a por ella.
Hoy nos visita la francesa Marine Fried, una joven fotógrafa establecida en París que utiliza su propio cuerpo o el de amigas suyas para desexualizar a la mujer a través de la normalización del desnudo femenino, intentando aportar a sus retratos naturalidad, ternura y poesía mientras advierte como su creatividad va madurando con el tiempo.