lunes, 29 de marzo de 2010

Antonio Alay








Inicio semana con el trabajo de un fotógrafo freelance español llamado Antonio Alay, un tipo que sin duda une su amor al rock’n’roll de los 50 a su pasión tras la cámara. El resultado no podía ser más interesante.

domingo, 28 de marzo de 2010

Semana Santa

Herring & Herring






Pongo fin a un nuevo domingo con el trabajo de Herring & Herring -nombre artístico de la pareja profesional formada por Dimitri Scheblanov y Jesper Carlsen-, dos fotógrafos que se unieron en Nueva York para trabajar en editoriales y publicidad. Entre sus clientes podemos encontrar a DeBeers, Basta Surf o Alvin Valley habiendo publicado regularmente sus trabajos en las páginas de S magazine, Mode, Curv, Pulp o Surface.

Agallas






Y mi siguiente elección ha sido todo un acierto, la que ha salvado el fin de semana. Se trata de la española Agallas, un thriller sobrio, estéticamente atractivo, salpicado de gotas de humor ácido y dominado por la interpretación de un Carmelo Gómez muy en su línea. La historia que nos cuenta la película es la de Sebastián, un desalmado que acaba de salir de prisión y de manera casual ve como su futuro está en encontrar trabajo en una pequeña empresa pesquera gallega como medio para escalar posiciones y ganarse la confianza de Ramón Regueira, su dueño y uno de los capos del narcotráfico de la zona. No se puede negar que Sebastian tiene agallas, pero lo que no se imagina es que su jefe –que le ha calado desde el principio- se va a servir de él para llevar a cabo un plan maquivélico.




Amiguitos, Agallas es una distraída y muy bien rodada película que sin embargo está algo lastrada por la interpretación del televisivo Hugo Silva, quien sin ser un pésimo actor da la sensación –o a lo mejor es algo subjetivo- de que el escenario cinematográfico le viene un poco grande. Claro que quizás influya tener al lado al simpre solvente Carmelo Gómez. En resumen piltrafillas, una cinta fuera de lo común en cuanto a temática y estética dentro del cine al que estamos acostumbrados en este país y en mi modesta opinión una película muy recomendable para ver con un gintonic al alcance de la mano. Además, sabéis que a mi me gusta destripar los finales antes de que lleguen y Agallas ha conseguido engañarme, dos veces.

Stacy






La siguiente en caer fue Stacy, una cinta bizarra y patética que no puede ni siquiera calificarse como friki. No amiguitos, directamente se trata de una película estúpida, de ínfima calidad y nulo interés. Así es, la desgracia quiso que dedicase parte de mi preciado tiempo a sufrir –en su totalidad, que por algo soy un profesional- el tedioso metraje sin sentido de esta película que os voy a comentar pero que, evidentemente, no os pienso recomendar que veáis. Eso sí, si algún enfermo mental está leyendo esto ya sabe, que se tome un par de aspirinas y se disponga a aniquilar las pocas neuronas sanas que le queden.




El argumento de Stacy es el siguiente piltrafillas. La sociedad japonesa está amenazada por una plaga que convierte en zombies –las stacies del título- a las chicas de entre quince y diecisiete años. Así pues, los padres deben asesinar a sus hijas antes de que estas se conviertan en asesinas sedientas de sangre. Y ya que para exterminar a una stacy se debe cortar su cuerpo en más de cien pedazos, en los centros comerciales venden unas sierras mecánicas especiales para tal fin. Por otra parte, dado que hay padres pusilánimes que no se sienten con ánimo de cometer tales infanticidios, el gobierno ha creado un escuadrón de la muerte para que haga el trabajo sucio. Mientras, un doctor friki pretende estudiar la causa de tan caprichosa epidemia. Total piltrafillas, calidad bajo mínimos, poca originalidad, interpretaciones patéticas, efectos de maquillaje pueriles, una música de fondo que no encaja y una historia que no tiene interés alguno. Si por lo menos hubiese tenido algo de sexo, pero ni eso. Lo dicho, si alguien os habla bien de Stacy pegadle un tiro.

Anvil: the story of Anvil






Parte de la mañana del sábado la dediqué a ver Anvil: the story of Anvil, un documental del que llevaba tiempo oyendo hablar muy positivamente. Así, mientras iba preparando lo que tenía que ser mi comida y la de mi familia –unas botifarres amb escalivada, bolets i patates al caliu- disfruté de la historia de Steve Kudlow y Robb Reiner, dos canadienses que a los catorce años –allá por la lejana década de los 70- se unieron para formar un grupo de heavy rock al que llamaron Anvil, que fue denominado por los medios locales de la época como los semidioses del metal canadiense y que fueron el germen del que nacerían supergrupos de la talla de Anthrax, Slayer o los mismísimos Metallica. The story of Anvil comienza con las imágenes de un festival de verano a principios de los 80, con Anvil compartiendo cartel con grupos de la talla de Scorpions, Bon Jovi o Whitesnake, todas ellas bandas que –a excepción de los primeros- han vendido millones de álbums a lo largo de su carrera y han ganado cantidades ingentes de dinero. ¿Qué pudo pasar? El éxito les sonreía, los fans les aclamaban... pero quizás no estuvieron en el momento justo en el sitio adecuado. También es verdad que a lo mejor no tenían el mismo nivel que algunas bandas coetáneas que alcanzaron la fama, pero lo cierto es que hoy en día figuras como Lars Ulrich, Scott Ian o Slash se declaran totalmente deudores de estos tipos, incluso la leyenda Lemmy les alaba. Sin embargo, lejos de vivir en mansiones, invertir en arte o dedicarse a embotellar vinos Steve Kudlow –el loco Lips- vive en Toronto y a las siete y media de la mañana ya está camino de su trabajo en una empresa de catering para escuelas mientras que Robb Reinner trabaja en la construcción. Sí amiguitos, a sus más de cincuenta años –tocando en garitos de mala muerte en los que acérrimos seguidores de otros tiempos les veneran con simpatía-, son un ejemplo de determinación y amor por la música contrapuesto a la imagen del rockero de éxito, retirado en su rancho, ático de Manhattan o mansión de lujo, con coches caros en el garage y mujeres guapas en la piscina, preguntándose que razón tiene para abandonar esa vida regalada y echarse a la carretera para grabar otro álbum en los tiempos de internet. No piltrafillas míos, ellos aman la música, aman el hard rock –incluso les cuesta dinero y esfuerzo- pero siguen ahí.
En el documental vemos como tras el relativo éxito de principios de los 80, la debacle y renacimiento de los 90 y la determinación por no fallecer como banda con el cambio de siglo, finalmente –gracias a su terquedad y la ayuda de sus familias, pero también a la fe ciega de la que se convertiría en manager, Tiziana Arrigoni, una fan italiana que le ofrece al grupo un tour por Europa y que este incomprensiblemente acepta- Anvil se embarcan en una gira anárquica que les lleva a algunas citas importantes pero también a garitos de mala muerte en los que a veces tendrán que batallar –literalmente- por subsistir. Es emocionante ver como esos músicos veteranos, uno de los grupos que entre finales de los 70 y principios de los 80 estaban ahí empujando por dar entidad a un estilo que adquirió enormes proporciones, se encuentran un poco fuera de lugar junto a las bandas con las que tocan en el sentido de que parecen no creérselo del todo, comportándose más como fans –en especial Kudlow, a la caza de compañeros músicos de los que es admirador- que como miembros del cartel. Un momento simpático y patético a la vez es cuando la banda no puede coger el tren hacia el festival en el que actuan porque no hay billetes por culpa –precisamente- de que los asistentes al evento los han comprado todos, un suceso que a Motley Crue o Metallica –que viajaban en aviones privados- no les hubiese pasado nunca. Así pues, tras un periplo no siempre cómodo por Croacia, Suecia, Bélgica o España por festivales, pabellones de deportes y antros infectos... -cualquier cosa con un unico fin, mantener viva la llama de Anvil- el grupo tiene finalmente la oportunidad de grabar con Chris Tsangarides, renombrado productor que veinticinco años atrás grabase con ellos su Metal on Metal (82), un nuevo álbum.




En fin piltrafillas, que Anvil: the story of Anvil no se trata de un reportaje musical, no se trata de un documental cargado de glamour, no es el retrato de unas estrellas del rock, Anvil: the story of Anvil es historía del día a día de dos amigos que después de tantos años no han dejado escapar su sueño y se aferran a él con pasión. En realidad piltrafillas –al menos en ese aspecto-, Robb y Steve son un ejemplo a seguir. En el aspecto cinematográfico os diré que la cinta, además de numerosas nominaciones en diversos certámenes, se ha llevado en estos dos últimos años desde su estreno el Austin Film Critics Award, el premio a mejor documental en el Calgary International Film Awards, el primer premio en el Chicago Intenational Film Awards y recientemente, este mismo año, el primer premio en los Independent Spirit Awards.
¿Sabéis?, Anvil nunca fueron santos de mi devoción, pero despues de ver este soberbio documental me voy a dar un baño de nostalgia y recuperaré alguno de sus temas para volverlo a escuchar con una sonrisa melancólica en mi cara de cuarentón heavy. Los 80 molaban piltrafillas –sobre todo porque éramos más jóvenes-, metalheads forever!

Blindness









Llega el momento de hablaros de la sesión cinematográfica de este fin de semana que inicié programándome para el viernes por la noche Blindness, la adaptación que el realizador brasileño Fernando Meirelles rodó de la novela Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. La historia que se nos cuenta es la de una epidemia de ceguera blanca –en lugar de sumir a sus víctimas en la oscuridad las hace vivir en un “mar de leche” en palabras de uno de los afectados- a la que sucumbe la población de un país occidental sin concretar. Cuando comienzan a darse los primeros casos, las autoridades deciden recluír en zonas apartadas a los enfermos. En uno de esos espacios se encerrará voluntariamente la esposa de un oftalmólogo que también se ha quedado ciego, aunque ella –inexplicablemente- no ha perdido la visión. Piltrafillas, debo deciros que lo que a priori parecía prometer uno de esos thriller de epidemias –la culpa quizás fue mía por no conocer la obra de Saramago- se convirtió en una decepcionante cinta que no sirvió para lo que había decidido verla, es decir, distraerme y hacerme pasar un rato agradable, relajado y sin pensar. La película, tras un –repito- comienzo prometedor, se torna irreal e inverosimil. En un primer lugar vemos como seis personas dan con sus huesos en un manicomio abandonado en el que no hay ni médicos, ni enfermeros, ni nadie que les diga lo que hacer. Tampoco sabemos como les van a alimentar, ni se ven vigilantes, ni servicio de higiene. Por no haber no hay ni normas. Poco a poco van llegando más aquejados de ceguera que se juntan en salas atestadas de camastros, pero que no demuestran ni miedo ni ira... ni nada, es como si se resignasen cual borregos en la cola del matadero. Así pues, en ese antiguo hospital psiquiátrico, mientras se acumula la porquería y la mujer del médico intenta mantener en secreto su capacidad de visión, las autoridades continúan hacinando a los enfermos incapaces de atajar la epidemia.




Lo dicho amiguitos, irreal. En ningún país civilizado se consentiría que la población sufriese tal grado de deshumanización y falta de cuidados. A estas alturas ya vemos que Blindness no parece un thriller al uso, tampoco es una película de zombies en la que se han cambiado los muertos vivientes por los ciegos y parece que el realizador nos intenta vender como creíble que un suceso pandémico en una sociedad occidental avanzada acaba con enfermos sucios y malolientes que entierran a sus muertos en el patio intramuros de hospitales sin personal sanitario vigilados por el ejército. Es entonces cuando uno se da cuenta –tarde, por supuesto- que no estamos viendo una película, sino una fábula, un cuento de esos con mensaje y quizás con moraleja y múltiples lecturas, un retrato sobre la degradación humana en momentos de terror. Así pues, no se trata de entender Blindness, sino de intentar entender lo que la historia que subyace entre líneas nos está queriendo decir. Lo cierto es que la fotografía es soberbia -me ha gustado mucho- y las interpretaciones son más que decentes. Sin embargo os confieso que hubiese deseado disfrutar de algo menos profundo, más directo, simple y distraído. Total, que en mi opinión no es una mala película –ciertamente en general tiene un buen nivel- pero si lo que queréis es pasar un rato sin complicaciones no es el título indicado.

Alexey Titarenko








Y este es Alexey Titarenko, fotógrafo natural de San Petersburgo que durante su carrera –su primera exposición individual fue en 1978- ha recibido infinidad de galardones de gran prestigio. Además de participar en festivales, proyectos y realizar más de 30 retrospectivas en diversos países de Europa y los Estados Unidos –lugares en los que sus trabajos constan en las colecciones de numerosos e importantes museos- ha publicado dos monografias sobre su obra.