Nuestra visita relámpago a Venezia comienza un viernes, cuando aún no había nadie en las calles. No recuerdo haberme levantado tan pronto desde que fui a Japón, pero disponíamos de poco tiempo y no queríamos perder ni un minuto de estancia en la capital del Véneto. Cuando organizamos el viaje teníamos miedo a que nos lloviese –cosa que no pasó– pero no habíamos pensado en que la alternativa podía no ser disfrutar de un tiempo soleado. Y es que cuando llegamos al aeropuerto Marco Polo nos encontramos con que toda la zona estaba envuelta en una húmeda, gris, fría y tupida niebla. Sin embargo, eso no iba a privarnos de celebrar nuestro aniversario de boda y disfrutar de la ciudad.
Así, tras llegar al hotel en la frontera entre los distritos (sestieri) de Dorsoduro y San Polo, dejamos las maletas –hasta la tarde no podíamos tomar posesión de la habitación– y echamos a andar hacia nuestro primer objetivo. Lo primero de lo que nos dimos cuenta es que la ciudad es un laberinto. No se puede ir directamente desde el punto A al punto B, ni en línea recta, ni en zig zag como por el eixample barcelonés. No, en Venezia hay que rodear canales, subir y bajar puentes, volver sobre los propios pasos en más de una ocasión o ir hacia la derecha cuando el objetivo se encuentra a la izquierda. Eso sí, está trufada de letreros tipo Per Rialto, Per S.Marco, Per Ferrovia o Per P.Roma que le permiten a uno orientarse perfectamente siempre y cuando se haya hecho un mapa mental de donde se encuentran esos puntos en una isla atravesada por una especie de S invertida que es el gran canal, al que sólo cruzan dos puentes, cuatro en realidad, aunque dos son de salida o entrada a la isla desde la estación de Santa Lucia.
Total, que en la entrada de hoy podéis ver diversas imágenes entre las que destacan la Scuola di Sant’Aniano en el Campo de San Toma, el Campo de San Polo con su pozo central –uno de los innumerables aljibes que abastecían de agua potable a la ciudad y que se cerraron en el siglo XIX– o el Ponte di Rialto y alrededores, como la cúpula de la Chiesa di San Giaccomo di Rialto.
Atravesado el puente y ya en el sestiere de San Marco podéis ver instantáneas de la fachada de la Scuola grande di San Teodoro y la Chiesa parrochiale di San Salvador hasta que callejeando llegamos a la Piazza di San Marco, con las icónicas e imponentes imágenes de la Basílica di San Marco, su Campanile, la Torre dell'Orologio, el Palazzo Ducale o en el muelle de la piazzeta, las columnas de San Marco y San Todaro los dos patrones de la ciudad, todo ello con un aspecto fantasmagórico, envuelto en una bruma que sólo se difuminaría en parte en algunos momentos de los tres días que pasaríamos en la ciudad. Finaliza la entrada con el no menos mítico Ponte dei Sospiri al que se accede bordeando el canal por la Riva degli Schiavoni.



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