domingo, 10 de octubre de 2021

Freaks (1932)


La reseña de hoy es para un título mítico del séptimo arte, ni más ni menos que la soberbia y ciertamente impactante Freaks de Tod Browning. La cinta contaba con un reparto coral en el que intérpretes como Wallace Ford, Laila Hyams, Olga Baclanova o Henry Victor eran eclipsados por actores con estatura reducida o diversos grados de minusvalía, tanto física como mental. Era el caso de Harry y Daisy Earles, miembros de un cuarteto de hermanos de origen alemán con enanismo que actuaron como The doll family en circos desde 1910 hasta la década de los 50. Harry fue el primero en probar en el mundo del cine –llegó a trabajar junto a Lon Chaney– pero los cuatro aparecieron en cintas de Laurel & Hardy e incluso en El Mago de Oz. También encontramos en Freaks a Prince Randian –ese era su nombre artístico porque el verdadero se desconoce–, conocido como la oruga humana en sus actuaciones para espectáculos del empresario circense P.T. Barnum. Natural de la Guyana Británica, nació sin brazos ni piernas y su número más famoso –en la película también lo ejecuta– era encenderse un cigarrillo con la boca. De origen hindú, hablaba varios idiomas y se casó con una compatriota con la que tuvo cuatro hijos, todos ellos sin discapacidad alguna. En la película también aparecen las gemelas siamesas Daisy y Violet Hilton –unidas por la pelvis y las nalgas, compartían el mismo torrente sanguíneo– que fueron compradas al nacer a su madre por la partera Mary Hilton, quien les dio su apellido y con los años las llevó a una gira por Australia donde hicieron fortuna antes de ir a Estados Unidos de la mano de la hija de Mary y sufrieron abusos por parte su representante. Pero quizás los intérpretes más icónicos de Freaks fueron Schlitzie, aquejado de microcefalia y retraso mental, que hizo carrera en circos de renombre como el de Ringling Bros. o el de Barnum & Bailey, el joven John Eckhardt, que aquejado de agenesia sacra –tenía unas minúsculas extremidades inferiores atrofiadas– era conocido como Half Man y caminaba sobre sus manos y las hermanas Jenny Lee y Elvira Snow, otras aquejadas de microcefaia que fueron vendidas a un circo por sus padres y que con nombres como Pip & Flip o similares eran la gran atracción de ferias como la de Coney Island a finales de los años 20. 
 

Antes de iniciarse la cinta, un texto ya pone al espectador en antecedentes dejando claro que a lo largo de la historia, aquellos que nacían con algún defecto eran dejados morir u ocultados a causa de la vergüenza o creencias religiosas que echaban la culpa de sus malformaciones a algún tipo de castigo divino. Más tarde, algunos fueron destinados a satisfacer el morbo y la maldad de quienes podían pagar por reírse de ellos o dar gracias a Dios por no ser así de deformes, sin pensar en absoluto que lo que tenían ante ellos eran personas con sentimientos. Eso dio pie a un código propio a modo de defensa y autoprotección entre los seres malformados que vivían con mayor o menor fortuna en circos y ferias. Ya iniciada la película, vemos al dueño de un circo que intenta captar la atención de los visitantes y que vuelve a recordarnos –refiriéndose a los fenómenos que presenta– que “su código de conducta es su ley, ofende a uno y los ofenderás a todos”. De esta manera comienza la historia de Cleopatra, Hans y sus compañeros en la troupe de monstruos del circo de Madame Tetrallini en su periplo por Francia, un lugar en el que –felices en su diferencia y carencias– conviven una mujer barbuda, personas sin brazos o sin piernas, una pareja de hermanas siamesas, otras con malformaciones cerebrales diversas o mutiladas así como los enanos Hans y Frieda junto a un payaso, un forzudo o una equilibrista “normales”. Y es precisamente Hans quien, pese a querer a su prometida, no puede evitar sentirse embelesado por la belleza de Cleopatra, una trapecista que se deja halagar y admirar por su compañero bajito ante la mirada celosa de Frieda. Pronto veremos como algunas gentes del lugar se asquean o temen a esos pobres seres deformes a los que tratan como “cosas”, deseando que hubiese una ley para proteger a la sociedad de ser testigos de su diferencia. 
 

Mientras tanto, Cleopatra comienza a idear un plan para beneficiarse de la fascinación que Hans siente por ella y hacerse así con el dinero que este tiene. Para ello requerirá la complicidad de Hercules, el forzudo, quien acaba de romper con su novia. El pobre Hans, cegado de amor, no advertirá las mofas de Cleopatra y Hércules hacia su persona pero la bondadosa Frieda y el resto de seres humanos deformes del circo se darán cuenta del engaño al que la pareja está sometiendo al enano y tomarán debida nota de cada desplante, tanto hacia su amigo como hacia el resto del grupo, antes de seguir los dictados de su código ético. Mezcla de cuento gótico, historia de amor y guión con mensaje que funciona tanto desde un punto de vista racial como clasista, es perfectamente vigente casi cien años después en un momento en el que vemos como el miedo y el odio por los seres humanos diferentes pervive en nuestra sociedad, así como la necesidad por parte de algunos de convertirlos en cosas desprovistas de humanidad, acaso para que sea más fácil hacerlos desaparecer como algo molesto. El mensaje sirve también como alerta de los peligros de tales políticas ya que, cuando se unen los sometidos, humillados y menospreciados ante una sociedad que les da la espalda, el resultado no suele ser ni comedido ni proporcionado, dejando claro que el odio y la segregación genera reacciones devastadoras. Pero los espectadores de 1932 no buscaban esos contenidos con mensaje cuando iban al cine a desconectar de sus problemas y tanto ellos como la crítica consideraron repulsiva la película, de la que se eliminaron escenas consideradas demasiado duras, con sus productores obligando a añadir un prólogo inicial y un final feliz. Aún así, Freaks fue un fracaso de taquilla y puso la puntilla a la carrera de Browning. No sería hasta los años 60, cuando fue proyectada en el Festival de Venecia, que se descubriría la película a una nueva generación de espectadores. De hecho, en 1994 fue seleccionada por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos para ser preservada en el Registro Nacional de Cinematografía. En definitiva, otro de esos títulos imprescindibles de la historia del cine que no os podéis perder.

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