domingo, 12 de marzo de 2017

The love witch


La segunda reseña de este domingo es para The love witch, escrita, producida, dirigida y montada por Anna Biller, que también es la diseñadora de vestuario y escenarios, además de compositora de una de las canciones de la banda sonora, toda una Juan PalomoJane Dove en este caso– que nos ofrece una extraña película deudora de las antiguas cintas de horror de la Hammer. La historia que nos cuenta es la de Elaine, una joven y guapa artista que tras la muerte de su primer marido necesitó tratamiento psiquiátrico para superarlo. Luego se estableció en San Francisco y se dedicó a bailar en un espectáculo de burlesque. Ahora, gracias a la ayuda de Barbara y su marido –pareja de amigos seguidores del culto wicca que la introdujeron en el mundo de la brujería– se establece en una apartamento en el interior de un caserío gótico ubicado en una localidad indeterminada del valle de Sacramento. Allí conoce a Trish, la corredora de fincas, una decoradora de interiores enamorada de la estética victoriana. Elaine le cuenta a su nueva amiga que desde que superó la pérdida de su marido, está decidida a encontrar a su príncipe azul. Para ello, tiene la determinación de ofrecer a los hombres lo que esperan de una mujer, que sea dulce y débil, dispuesta a ser cuidada haciéndoles sentir fuertes y varoniles. Para ella, el sexo es una inmejorable manera de conseguir el amor de un hombre, que es lo único que ansía. Tales ideas chocan con la mentalidad de Trish, mujer casada a la vez que trabajadora e independiente, que opina que la vida no es un cuento de hadas ni los maridos son príncipes. Sin embargo, Elaine pone toda su alma en la búsqueda de un nuevo amor. Así, además de pintar, se dedica a elaborar cremas, velas y pociones –ya sabéis, infusiones de tampones en orina con hierbas alucinógenas y cosas así– para sus sortilegios con el objetivo de atraer a los hombres, a quienes es capaz incluso de subyugar con su penetrante mirada. Pero los hombres a los que seduce acaban tan obsesionados que acusan una enfermiza dependencia de la joven, que lo que necesita no es cuidar a sus pretendientes sino un hombre fuerte que la haga sentir protegida. El problema es que sus hechizos son tan fuertes que incluso provocan la muerte de aquellos que caen en su influjo. Así que no es de extrañar que la policía comience a investigar cuando aparece el primer cadáver. Sin embargo, Elaine parece haber encontrado al fin al hombre de sus sueños, el apuesto príncipe que va a hacer que su vida cambie y encuentre la felicidad y la estabilidad. O eso cree ella. 


Piltrafillas, si algo es The love witch es un alegato feminista vestido de homenaje al cine de terror clásico, desde esa estética sacada de las películas en technicolor setenteras –ese vestido rojo intenso de la protagonista a juego con su Mustang y sus maletas– a esos fondos proyectados en estudio para las escenas en coche, pasando por unas gotas de erotismo light. Y la gran baza de la cinta es Elaine, o mejor dicho, la neoyorquina Samantha Robinson, la mejor –en palabras de la propia Anna Biller– de cuantas pasaron por el casting para convertirse en el alter ego de la realizadora. Porque, en el fondo, Elaine es Biller, esa directora de Los Angeles que se vale de diversos géneros del séptimo arte para plasmar en la pantalla su feminismo activista no exento de ironía. Así, pone en boca de uno de los personajes el mensaje de la película, que no es otro que el poder de la mujer está en su sexualidad. Por ello, convertirse en un mero objeto sexual no debe considerarse antifeminista, sino una celebración de lo femenino como maravilla de la naturaleza. La persecución de la brujeria, según esa idea, no fue más que el miedo a tal sexualidad por parte del patriarcado masculino que mediante el matrimonio ha pretendido castrar los deseos de la mujer convirtiéndola en una muñeca relegada a simple objeto propiedad del macho. Biller no reniega de ese papel, pero mantiene que debe servir para manejar a los hombres. En fin, amiguitos, lo cierto es que The love witch dista mucho de ser considerada una película mainstream y es más una puesta al día en colores vivos de una película de Ed Wood, por ejemplo, que un film que podamos encontrar en la carrera por los Oscar. Sin embargo o quizás por ello resulta fresca y atractiva. Muy recomendable.

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