domingo, 16 de octubre de 2016

Blood father


Amiguitos, en el ámbito de mis acostumbradas reseñas cinematográficas dominicales, hoy os traigo la reseña de Blood father, una película de argumento bastante simple que cuatro años después de Get the gringo –reseñada aquí– vuelve a poner a Mel Gibson en las pantallas como protagonista. Y es que en todo este tiempo, el australiano sólo ha realizado un par de colaboraciones en Machete kills o The expendables 3 –tanto la una como la otra han pasado por este blog–, algo del todo injusto para un actor que durante una época reinó en las pantallas y que a causa de sus problemas con el alcohol y sus salidas de tono antisemitas, homófobas y misóginas se convirtió en una figura peligrosa para las productoras. Dirigida por el parisino Jean-François Richet y coescrita por Peter Craig –que también es uno de los productores de la cinta y fue autor del guión de The town, comentada aquí– basándose en su propia novela, los papeles protagonistas recaen en el mencionado Gibson, la joven Erin Moriarty y el estupendo Diego Luna. Como colaboraciones especiales encontramos a Miguel Sandoval –conocido sobre todo por su papel televisivo de fiscal de distrito Manuel Devalos en Medium– y un Wialliam H. Macy que no necesita presentación. 


Como ya os he dicho, el argumento de Blood father es muy básico pero, además de servir como trabajo puramente alimenticio para Gibson –que hay que decir que afronta la interpretación de John Link con convicción–, quizás sirva también como rampa de lanzamiento a una nueva etapa profesional para el actor. Lo que vais a encontrar en la película es la historia de una joven delincuente que tras unos años desaparecida de su hogar, contacta con su padre –un alcohólico exconvicto– para que la ayude a esconderse de una banda de mexicanos en la que estaba metida y que la persiguen por haber disparado a uno de los suyos y haberles robado –eso creen– parte de sus beneficios. Mezcla de road movie paterno-filial y de actualizado western con tintes de redención, se trata de un producto entretenido y recomendable aunque con poca profundidad que sirve para hacernos caer simpático a Gibson en un punto de su carrera que, o regresa a la palestra con proyectos de cierta entidad o se convertirá en otro Bruce Willis, un actor con carisma y un pasado glorioso cuyo futuro es colaborar por dinero en producciones de bajo nivel.