Hoy toca hablar de nuestra visita a Heidelberg, localidad situada en el valle del río Neckar que, como el Meno, también es un afluente del Rin. Así, después de llegar a la ciudad en tren y desplazarnos en tranvía –el calor hacía inviable el recorrido a pie– hasta la Bismarckplatz, iniciamos nuestro paseo por la Hauptstrasse, desde donde se accede a la iglesia de los Jesuítas de Heiliger Geist und St. Ignatius, que nos pareció muy bonita con sus paredes blancas, quizás porque antes habíamos entrado en la protestante Providenzkirche que no nos emocionó especialmente. La Hauptstrasse, vamos, lo que en nuestro país se llamaría Calle Mayor, desemboca en la Marktplatz, la plaza más importante de la ciudad, rodeada de restaurantes, con la Herkulesbrunnen en el centro, el Ayuntamiento a un lado y la enorme Heiliggeistkirche al otro.
La iglesia, de estilo gótico tardío y construida con arenisca, ha sido reformada en numerosas ocasiones a lo largo de su historia –la última en el siglo XX– y tiene numerosas vidrieras contemporáneas. La que os muestro, por ejemplo, es de la artista de Düsseldorf Hella Santarossa. Y después de la visita obligada al viejo puente, la puerta Stadttor, el Brückenaffe (literalmente mono del puente, escultura en bronce que replica la anterior en piedra destruida en el siglo XVII) y sus ratoncitos vecinos, decidimos visitar el monumento más importante de la ciudad, el Heidelberger Schloss que ya íbamos divisando tanto desde el Alte Brücke como desde la plaza Kornmarkt en su imponente ubicación en la ladera de la colina Königstuhl.


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