martes, 21 de agosto de 2018

Budapest, harmadik rész


Tras poner el punto final a una mañana más que completa con un hot-dog con extra de queso –en realidad, una especie de gruesa y oleosa chistorra picante–, nos dirigimos al hotel para hacer una buena siesta antes de afrontar la tarde. Debo admitir que casi estuve a punto de entrar en el cine Puskin para ver la nueva entrega de Mamma mia!, más que nada porque no me preocupaba no entender las partes habladas, pero al final lo dejé estar. Y así es como al atardecer decidimos subir al punto más alto de la ciudad, la cima de la Colina Géllert, para observar las vistas sobre Budapest desde los pies de la Estatua de la Libertad. El monumento se erigió en memoria de la liberación de Hungría por la Unión Soviética, aunque con los años creció el desapego de la población hacia el régimen comunista por lo que en los años 90 se retiraron dos estatuas de las cuatro que inicialmente flanqueaban a la figura principal y se modificó la inscripción a sus pies para dejar el conjunto como un reconocimiento a todos los que dieron su vida por la independencia y la prosperidad del país. Se trata de un paseo más que recomendable y aunque la subida –sobe todo en un día caluroso– sea algo dura para alguien cuyo único ejercicio físico es cambiar de canal desde el sofá, la panorámica desde lo alto es impresionante. Además, a los pies de la estatua hay un puesto con limonada, agua y –cómo no– cerveza fresca. 


Bajando por los caminos y escalinatas de la ladera por el lado contrario –nosotros subimos por la entrada del Puente Erzsébet– desembocamos a los pies del atractivo Balneario Géllert dispuestos a cruzar el bellísimo Puente de la Libertad. Sinceramente, aunque el de las Cadenas tiene mucho encanto y es un icono de Budapest, este puente de hierro forjado me parece mucho más bonito. Además, desemboca frente al precioso mercado de Nagycsarnok y es el inicio de la calle Váci, llena de tiendas y restaurantes, que recorrimos entera hasta la Plaza Vörösmarty. Allí os recomiendo no perderos el Café Gerbeaud, una pastelería icónica que además tiene un bistró muy recomendable en el que cené –quizás fue excesivo pero es que sólo me había comido un bocata de chorizo en todo el día– una sopa de goulash y un trozo de panceta a la brasa con col fermentada y una pasta mezcla de bacon, patata y alubias negras. Aún se me saltan las lágrimas al recordarlo.

Parte 6

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