domingo, 20 de diciembre de 2015

Dr. Caligari


Piltrafillas, Stephen Sayadian es un productor y realizador de culto que trabajó como director artístico de las publicaciones de Larry Flint –editor de Hustler– y colaboró en la parte artística de la promoción de diversas cintas de directores como John Carpenter, Tobe Hooper o Brian DePalma, pero que es conocido principalmente por haber dirigido en 1982 –bajo el pseudónimo Rinse DreamCafé Flesh, un exponente del porno de autor con pretensiones artísticas. Y si para aquella contó con sus colegas Jerry Stahl para coescribirla y Mitch Froom para ponerle música, años más tarde se rodeó del mismo equipo para dar forma a esta Dr. Caligari que hoy os presento y en la que su propia esposa, Belinda Williams, se responsabilizó del diseño de vestuario. La película es todo un homenaje a El gabinete del Dr. Caligari, de Robert Wiene. No es casualidad, pues, el título de la cinta de Sayadian ya que representa que la protagonista es nieta de aquel. Surrealista, grotesca, bebiendo directamente de la estética del expresionismo alemán y con un tratamiento del color muy pop-art, no os negaré que la he tenido en el cajón varios meses sin atreverme a disfrutarla a causa de sus características porque, si bien el argumento me parecía muy interesante y estéticamente –por lo que había podido ver– era muy atractiva, lo poco convencional de la propuesta me echaba un poco para atrás. 


El argumento nos explica como la Dra. Caligari lleva a cabo en su hospital psiquiátrico experimentos con enfermos trastornados que consisten en aplicar electroshocks y trasplantar líquido del hipotálamo de unos a otros. Sus principales pacientes son un asesino en serie caníbal llamado Sr. Pratt y la Sra. Van Houten, una ama de casa que sufre un trastorno de la líbido que le hace tener horribles alucinaciones. Pero el intercambio de fluidos cerebrales convertirá en asesina a la Sra. Van Houten y en sátiro al Sr. Pratt. Los Lodger –un matrimonio de doctores del centro– están en contra de sus prácticas poco ortodoxas y piden ayuda a Dr. Avol, pero la Doctora le utilizará como cobaya haciendo de él un travestido ninfómano, si es que el término puede aplicarse en tal caso. Total, amiguitos, que con este guión y la puesta en escena con tratamiento de teatro experimental que visualmente parece sacado de los delirios de los enfermos del centro psiquiátrico, Dr. Caligari va avanzando hipnóticamente hasta que los títulos de crédito le indican a uno que, aún sin saber si la película se ha entendido del todo o no, está ante una obra de culto. En cuanto al sexo, evidentemente planea sobre el argumento de manera cntínua. Sin embargo, mientras que la mencionada Café Flesh era abiertamente pornográfica, en esta el erotismo se centra en la autosatisfacción no explícita de la Sra. Van Houten y la representación de un sueño en el que ésta chupa un trozo de carne fálico, nada más. En resumen, Dr. Caligari no es un plato fácil de digerir pero es disfrutable al 100% aunque sólo sea por raro.