Amiguitos, la verdad es que hasta el último momento he dudado en hablar o no de ello –me refiero a la boda que mañana se celebrará en Londres- porque la verdad es que me importa más bien poco la vida de Guillermo y Catalina. Sin embargo, cuando me he encontrado con este platillo conmemorativo –los británicos son muy dados a estas tonterías- me ha entrado un monumental cabreo. Ya me había dado cuenta hace días de que la fecha escogida para el enlace era un viernes y –tonto de mi- lo único que se me había ocurrido es que en lugar de estar mirando el reportaje en directo por televisión –sí ¿qué pasa?, a mi estas cosas no me llaman la atención desde el punto de vista sentimental o de detalles como qué vestido llevaba quién, pero tenía ganas de ver las calles de Londres engalanadas y esos primeros planos del interior de la Abadía de Westminster con los que seguro que el realizador obsequiará a los televidentes- iba a estar asistiendo a la segunda clase del cursillo de excelencia en la atención al cliente con el que mi empresa me recompensa después de veinte años de servicio a las personas. Así que buscando en la memoria –Google, para ser exactos- he constatado que nuestros príncipes Felipe y Letizia-con-zeta se casaron un sábado mientras que la boda en viernes del Guille y su novia ha propiciado que el día sea festivo para los británicos. Así se hacen las cosas amiguitos, eso es captar adeptos a la causa. Porque uno puede ser o no monárquico pero ¡coño!, tengo un día de fiesta, bienvenido sea y Dios salve a los príncipes muchos años y celebren ceremonias entre semana. Y aquí en nuestro país, ¿qué pasó?, pues que con una monarquía más precaria que la de Albión, a nadie se le ocurrió tener un detalle así, no, aquí se casaron un puto sábado con lluvia con lo que a) para la mayoría de la población no hubo día festivo de regalo y b) para muchos madrileños y turistas de paso supuso un engorro desplazarse por la ciudad en su día de asueto. Y claro, no es de extrañar que a uno se le ocurriesen maldades como “mira cómo llueve, se le va a mojar el vestido, ¡que se joda!”. En resumen, que al final –cabreado como estoy, no por el detalle que la casa real británica ha tenido con sus súbditos sino por la ausencia del que la casa real española tuvo con nosotros- he decidido dedicar una entrada a esta pareja deseándoles que sean felices y que ni un grupo escindido del IRA, ni Al-Qaeda ni los antisistema les agüen la fiesta, una fiesta que en España no tuvimos.
jueves, 28 de abril de 2011
Richardus CATORCE (I)
Catorce
Junio de 2004
Wang se arrellana en su silla y junta sus manos como si se dispusiera a orar, antes de dedicarme otra de esas sonrisas que ya empiezan a exasperarme y dar comienzo a su relato.
- Tu padre os abandonó con gran pesar para su corazón. Y lo hizo porque llegó un momento en el que ya no podía continuar viviendo una mentira, incapaz de contarle a tu madre la clase de infierno en la que se estaba convirtiendo su existencia, un infierno al que no quería arrastraros junto a él. Tu padre, amigo mío, debido a su trabajo como director de ventas de una empresa norteamericana y a causa de sus continuos desplazamientos a los que tal ocupación le obligaba, que iban parejos a los consecuentes y más o menos prolongadas ausencias del domicilio familiar, se vio conducido a adquirir el hábito de salir por las noches muy a menudo, frecuentando distintos pubs y nightclubs junto a clientes a los que era necesario agasajar en vistas a cerrar provechosos acuerdos comerciales. Las juergas en las que se acostumbró a participar, cada vez más numerosas, finalizaban casi siempre con tu padre exhausto y derrengado por culpa del alcohol –incluso de cocaína en los últimos tiempos-, en el interior de su coche o sobre el catre de algún cuartucho infecto en pensiones de mala muerte.
Así las cosas, después de irse de casa comunicándole a tu madre que no deseaba regresar, le comunicó que le seguiría ingresando la totalidad de su salario en una cuenta a vuestro nombre, y que él subsistiría gracias a las suculentas comisiones que percibía en cada trato beneficioso para la empresa que lograba cerrar. Sin embargo, el sueldo que a partir de ese instante comenzó a percibir tu madre, quien pensaba que le llegaba íntegro, no era más que la mitad de éste. En realidad, desde que os dejó, tu padre llegó a dilapidar en los dos primeros años unos cinco millones de las antiguas pesetas. Y de esa forma, casi sin blanca, con el hígado destrozado por los cubalibres y los gintonics, y con el cerebro debilitado por la droga, con un fortísimo sentimiento de culpa corroyéndole el alma, llegamos a aquella mañana en la que entró en una cafetería a la que ya había ido en otras ocasiones y que se encontraba junto al portal de la que por aquel entonces era su pensión, en una travesía de la calle Princesa, en Barcelona, y se pidió un Donut y un carajillo. Necesitaba recapacitar y darle vueltas a una idea enfermiza que le rondaba desde hacía algún tiempo.
Cuando poco después salió a la calle, mal afeitado, con el pelo grasiento y la ropa sin planchar, se llevó la mano al bolsillo de la gabardina y palpó el cañón frío de la Browning de fabricación belga que escondía. Tu padre, Jaume, había tocado fondo.
- Perdona –lamentándolo mucho, le interrumpo-. Tengo la garganta seca, ¿puedes darme un poco de agua?
- No faltaría más –me contesta, por supuesto, sonriendo.
El monje rebusca entre una serie de pequeños objetos que hay en un cesto a sus pies y extrae de él una pequeña campanita como las que usan los monaguillos católicos para anunciar la elevación del cuerpo de Cristo durante la misa, antes de la comunión.
- Enseguida te hago traer algo –me asegura, comenzando a agitar la campana.
Cuando estoy a punto de hacerle notar que él mismo me había dicho que no había nadie más en la casa, a excepción de los ayudantes que estaban en el huerto, oigo los pasos de alguien que se acerca por el pasillo.
No tarda en aparecer en la puerta de la habitación un chico joven, de cuerpo atlético y con la cabeza rapada, envuelto en una túnica carmesí parecida a un sari –algo manchada de tierra, seguramente en la que crecen las alubias o los pimientos del monasterio- al que Wang se dirige en un idioma que no acierto a identificar. Por lo que parece, el trabajo en el huerto ha finalizado por hoy.
Cuando el joven se marcha, Wang me pregunta si me encuentro cómodo.
- Sí, sí, solo es que noto una gran sequedad en la garganta. Además –añado-, tengo mucho calor. ¿Te importa abrir un poco la ventana?
- En absoluto. Son los nervios –me dice-. Inconscientemente te angustia conocer ciertos aspectos de la vida de tu padre, aunque estás excitado por la posibilidad de averiguar al fin algo que me aventuro a decir que te has estado preguntando toda la vida, ¿me equivoco?. Así que no te preocupes, lo que te ocurre es de lo más normal.
Antes de que le conteste, el joven ayudante o lo que sea en realidad aparece de nuevo. Esta vez trae consigo una bandeja con un solo vaso y una jarra llena de algo que parece limonada. Me sirvo y trago una buena cantidad de lo que, ciertamente, es limonada.
- Prosigue, te lo ruego –le apremio-. Ya me encuentro mucho mejor.
- Pues bien, tu padre, esa mañana sentía que había alcanzado su límite, que ya no podía soportar más la presión. Y la culpa de todo, esa típica y tópica gota que había colmado el vaso de su aguante, tenía forma de gargantilla.
Un año y pico antes de ese día, en el transcurso de una de sus escapadas nocturnas, había conocido en una discoteca de Lloret de Mar, localidad marinera cercana a Barcelona como tu bien sabrás, a Frida Thorgensen, una ex modelo danesa con el coeficiente intelectual inversamente proporcional al tamaño de sus pechos, que como carta de presentación esgrimió ante tu padre y su grupo de amigos que era prima hermana de Bodil Joensen, una campesina que a principios de la década de los 70 se hizo famosa –entre comillas- a causa de su participación en películas pornográficas en la que practicaba zoofilia sin trampa ni cartón. Pues bien, la tal Frida se había retirado de las pasarelas gracias a la estabilidad económica que su matrimonio con un rico hombre de negocios de Copenhage, bastante más mayor que ella, le había proporcionado. Pero aquella mujer, en el fondo, no era feliz y dedicaba gran parte de su tiempo libre a pasar frecuentes temporadas en el extranjero, acompañada por un par de amigas de su edad que le eran totalmente fieles y con buena predisposición a mantener la boca callada. No conozco bien todos los detalles porque tu padre no quiso profundizar en ello, pero lo cierto es que a partir de esa noche, Frida se dejó querer por él, que no dudó en gastar pequeñas fortunas en impresionarla invitándola a restaurantes caros y hoteles de cinco estrellas. En un momento dado, avanzada la relación y acuciado por la falta de dinero, le pidió a Frida la gargantilla de esmeraldas y brillantes que ella había lucido en ocasiones, dispuesto a empeñarla. La danesa, cegada de amor o vete a saber por qué razón, accedió en un principio pensando que en realidad no echaría de menos al collar. Pero, conforme fue pasando el tiempo, la mujer se fue arrepintiendo. Al final, como era de esperar, Frida se acabó cansando de tu padre y regresó a Dinamarca dando por terminada la relación que había caído en la rutina y en la que paulatinamente el lujo inicial disminuyó hasta ser tan solo un recuerdo. Y ella no estaba dispuesta a renunciar a un tren de vida del que, era consciente, solo podía disfrutar si volvía junto a su marido.
De manera que tu padre se vio de pronto en la tesitura de afrontar que la mujer que le había abandonado y de la cual llegó a enamorarse sinceramente, le reclamara aquella gargantilla que hacía tiempo que estaba empeñada. Frida, sin embargo, no había sido capaz de comunicárselo en persona, no señor. Para eso utilizó una carta, una fría y distante misiva en la que, además, amenazaba con contárselo todo a tu madre. Y eso tu padre no podía permitirlo, más que por su esposa, por ti, por ese hijo que no había visto crecer, a quien había abandonado pero del que esperaba en el futuro algún tipo de perdón o comprensión, algo que nunca ocurriría si el tipo de vida que había llevado todos esos años llegaba a sus oídos.
Pero, ¿qué podía hacer?. No podía recuperar la gargantilla. Hacía tiempo que había gastado todo su dinero, y ya no le quedaban amigos a los que sablear. Además, acostumbrado a vivir ahogado por las deudas, había establecido –en un gesto que le honra- que el cincuenta por ciento de su sueldo se ingresase en una cuenta corriente a nombre de tu madre de la que ni él mismo podía tocar ni un solo céntimo. Es entonces cuando decide, ofuscado, recuperar a cualquier precio la joya de su antigua novia. Después de tantos años moviéndose como pez en el agua en el mundo de los agentes de ventas, uno tiene acceso a todo tipo de mercancía, sin restricción de ningún tipo, por lo que tu padre no tiene ninguna dificultad en contactar con un individuo que le consigue una pistola limpia, es decir, no fichada.
Y así, Jaume, nos encontramos en esa mañana aciaga en la que, después de tragar medio Donut y ligeramente envalentonado por el calorcillo que el coñac provocaba en sus estómago semivacío, tu padre se marcó como objetivo hacer callar a Frida recuperando su collar, sepultando así en lo más hondo de su memoria un episodio más de la triste y desesperada vida a la que se había visto abocado. Durante el resto del día no hizo otra cosa que deambular arriba y abajo del Paseo de Gracia, dándole vueltas a la cabeza, obsesionado por un único objetivo. Cuando el sol se ocultó tras la silueta de la montaña del Tibidabo, encaminó sus pasos hacia el Portal del Ángel, cabizbajo y con el rostro contraído por una repentina demencia.
Dmitry Akimov
Comienzo el día con las sensuales y originales obras de Dmitry Akimov, un fotógrafo de San Petersburgo autor de unas instantáneas en las que aborda el erotismo desde un punto de vista muy personal que me ha llamado poderosamente la atención.
miércoles, 27 de abril de 2011
Chris Verene
Y este es Chris Verene, un fotógrafo natural de una pequeña localidad de Illinois con espíritu documentalista que actualmente reside en Brooklyn y que lleva años trabajando en diferentes proyectos personales, uno de los cuales –quizás el que le ha dado mayor renombre- ha sido el retratar durante trece años a familia y amigos de su localidad natal y alrededores.
Paseítos
Amiguitos, como ya os avancé el lunes, esta semana la dedico a mostraros diversas imágenes de mi serie Paseítos. Hoy le toca salir a la luz a la segunda parte de esta nueva tanda de mis más recientes instantáneas.
Enrico Guarino
Siendo un enamorado del hiperrealismo, ignoro la –imperdonable- razón por la que no había oído hablar nunca de Enrico Guarino, este romano de 60 años que al parecer ha alternado una carrera pictórica caracterizada por algunos altibajos con su dedicación a la medicina y la música. Desde el año 2000 ha reemprendido su trabajo con los pinceles a tiempo completo.
martes, 26 de abril de 2011
Chris Triance-Martin
Y ahora, para darle un poco de alegría al día, os traigo a Chris Triance-Martin, un fotógrafo canadiense de vocación tardía –estudió Antropologia, Religión comparativa y Sánscrito antes de coger una cámara con 34 años- que hace poco tiempo ha focalizado su trabajo en los desnudos, género al que en la actualidad se dedica exclusivamente.
Ahren Hertel
Hoy llega al blog el arte de Ahren Hertel, un joven pintor de Nevada autor de unas obras en las que se une surrealismo, melancolía y espíritu naïf. Se trata de otro de los nuevos exponentes del lowbrow o pop-surrealism.
Richardus TRECE (II)
- Sí, lo sé.
- ¿Y estás de acuerdo con la decisión?
- Si hubiese hablado con las autoridades, ahora Rabin estaría vivo.
Richardus meneó la cabeza en señal de desaprobación.
- ¿Y las teorías de Barry Chamish, las conoces?
- ¿Ese periodista?, no, no sé de qué me hablas –mintió Ben Hadad a la vez que echaba un buen puñado de pétalos de rosa en poco más de medio litro de agua hirviendo.
Al parecer el periodista estaba a punto de editar un libro –una copia de los borradores del cual ya habían pasado por las manos del Shin-Bet, que había decidido finalmente que era mejor dejar que aflorasen a la luz pública las reflexiones que en él se vertían antes que matar a Chamish- que no compartía la idea de la culpabilidad de Amir. Lo que sorprendía a Ben Hadad es que Richardus también conociese su existencia.
- Son muy interesantes –prosiguió-. Cuentan que nada de lo que se explicó a la opinión pública sobre el suceso fue real. Los informes forenses, la supuesta filmación fortuita del atentado, todo era mentira, parte de un complot muy bien urdido.
- ¿Y por quien, si puede saberse?
- Hay quien dice que por la izquierda, que de manera maquiavélica decidió involucrar a la derecha en un intento de asesinato del Primer Ministro Rabin. Así pues, reclutaron a un chalado, una especie de Lee Harvey Oswald particular, un fanático ultraortodoxo con pocas luces y fácil de manipular llamado Yigal Amir, a quien engatusaron. Se le explicó al joven que tenía que matar a Yitzak Rabin porque su política pacifista y de hermandad con Egipto eran una afrenta al pueblo de Israel, y se le proporcionó un arma y munición de fogueo. Evidentemente, Rabin debía salir indemne del atentado, pero claramente reforzado en su posición conciliadora y con suficientes argumentos para silenciar a los combativos halcones de la derecha reaccionaria. Sin embargo, el plan tenía grietas. La información, de alguna manera, se filtró a los adversarios políticos de Rabin y alguien, muy enfadado, no perdió demasiado tiempo en sacar beneficio de la situación.
El día del atentado, después de que se oyesen las detonaciones, Yitzak Rabin fue introducido en su coche totalmente ileso. Según las tesis defendidas por Chamish, existen diversos testimonios que aseguran que, además del conductor y el guardaespaldas, un cuarto hombre subió al automóvil. Cuando el vehículo llegó al hospital para, en teoría, dar mayor credibilidad a la mascarada, el Primer Ministro estaba herido de muerte.
- Bueno, bueno. Todo eso no son más que habladurías –dijo Ben Hadad, sacando los pétalos del agua y echando en ésta medio kilo de azúcar-, simples conjeturas, una ficción novelada que no tiene base ninguna, amigo mío.
- Por el amor de Dios –le interrumpió Richardus levantando la voz-, le estás preparando la comida a ese cuarto hombre.
Ben Hadad tuvo que hacer un esfuerzo para no desviar la mirada de los fogones.
Richardus dejó la botella de Kölsch vacía sobre uno de los mármoles. Se sentía mareado.
- Así he acabado Ben –dijo con un nudo en la garganta-, matando a los nuestros. Nada nos diferencia de los del otro bando. Por supuesto, dos meses más tarde el Mossad decidió contratarme –sin informaros a los del Shin-Bet- para asesinar en Bethlaya al dirigente de Hamas Yehie Ayashm ¿recuerdas?, le volé la cara con un teléfono bomba, y así tuve la oportunidad de sentirme redimido en parte. Pero ya no aguanto más. He llegado a la conclusión de que esta escalada de muertes sin sentido no nos va a llevar a ninguna parte, y este tren de destrucción y dolor que conducen de la mano la ira y la venganza no lo va a poder detener nadie. Hoy –mi hermano- he venido a pedirte, a suplicarte, que me ayudes a bajarme de él.
Su mentor no contestó. Inexpresivo, se limitó a esperar que el azúcar se disolviese y le añadió al jarabe los pétalos macerados en limón. Claro que estaba al tanto de los escritos de Chamish, y también había asistido a infinidad de reuniones para asesorar a sus colegas del Shin-Bet que durante meses habían investigado noche y día para dar con ese hipotético cuarto hombre. Al final, desde muy arriba, se había ordenado dar carpetazo a esa vía de investigación. Nunca supo el porqué, y ahora le duele en el alma conocer la verdad. ¿Como alguien que había participado a las órdenes de Golda Meir en las operaciones secretas de venganza por los asesinatos de la villa olímpica de Munich podía haber acabado haciendo algo así?
- Bien –dijo, como si la confesión de su amigo no hubiese tenido lugar-, quince minutos a fuego suave, luego otros quince a fuego fuerte vigilando que el jarabe espese pero no se queme, y ya tendremos preparado un delicioso dulce de rosas.
- ¿Me has escuchado, Ben Hadad Waitzmann?
- Sí, te he escuchado –contestó de inmediato, clavando sus ojos en los de Richardus.
- ¿Y...?
Ben Hadad le dio un golpe al mármol con el puño cerrado. Yitzak Rabin y su familia habían sido amigos personales suyos desde que llegó a Israel con sus padres. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?. Una vez más, la naturaleza infame y cruel del mundo en el que discurría su existencia, ese universo de intereses políticos y económicos que poco tenía que ver con sus ideales de juventud, le estallaba en la cara. Respiró hondo y levantó la tapa de la cazuela grande para remover el pollo un poco más. El aroma a jengibre les inundó a los dos.
En una leyenda judía muy antigua se habla del Golem, un ser de barro al que se da vida por medio de un encantamiento, un hechizo. De ese personaje podemos encontrar referencias tanto en la Biblia como en el Talmud. El principal objetivo de esa criatura es la protección de la población hebrea, pero un día se vuelve contra su creador. Ahora, Ben Hadad, aquel que moldeó a Richardus, asiste a la rebelión de su particular Golem.
- Te ayudaré –dijo al fin-, pero ahora necesito que me dejes solo durante un rato. Tómate otra cerveza si quieres.
Cuando horas más tarde, bien entrada la noche, los dos amigos se despidieron con el estómago lleno, quedaron en reencontrarse dos semanas después.
Hoy, esas dos semanas había pasado y Richardus se presentaba puntualmente en la casita de la calle Yehuda Hayamit. Ben Hadad mantuvo las distancias, mostrándose amable pero evitando el contacto físico cuando acompañó a Richardus hasta su despacho.
- Siéntate –le dijo cordialmente, pero con un punto de distanciamiento.
- ¿Qué ocurre?, ¿hoy no me vas a ofrecer una cerveza?
Ben Hadad le miró con ojos tristes.
- Que torpe soy –exclamó con una sonrisa forzada-, a lo mejor es que interpreté el otro día que la cerveza ya no te sentaba bien.
Ben Hadad desapareció en dirección a la cocina. Richardus levantó la voz para hacerse oír por el anciano.
- Te equivocas, me sentó de perilla. Lo que no me sentó tan bien –añadió irónicamente- fue tanta nuez moscada en el pollo.
Ben Hadad hizo oídos sordos al comentario. ¿Quien era ese español engreído para criticar su plato?
Cuando regresó al despacho traía dos Ch’Tl y una gruesa carpeta que tendió a su antiguo katsa antes de tomar asiento junto a él.
- ¿Sabes? –dijo-, durante todos estos años he podido conocer como trabajas y, créeme, te has ganado con creces tu reputación. Muchacho, es como si hubieses nacido para esto. Y tu dedicación, profesionalidad, discreción y porcentaje de éxitos han sido la única razón por la que el Mossad te ha permitido alquilar tus servicios a otros, llamémosles clientes, fuera de Israel. Y en alguna ocasión, hace tiempo, me hablaste de tus pretendidos orígenes judíos, nunca probados, pero dados como auténticos. Pero, en el fondo, siempre he tenido curiosidad por saber como alguien de tus características, con una familia que te amaba y una vida feliz lejos de los peligros y preocupaciones de nuestra particular guerra, acabaste dedicándote a esto.
- ¿Has visto “Casablanca”? –preguntó Richardus.
Ben Hadad sonrió y se ruborizó ligeramente.
- No, y aunque no te lo creas tampoco he visto “Lo que el viento se llevó”.
- Pues resulta que en una escena, el personaje interpretado por Claude Rains le pregunta a Humphrey Bogart cómo es que ha ido a parar allí. Y Bogart, o mejor dicho Rick, le contesta que por problemas de salud, que ha ido a Casablanca a tomar las aguas. Rains, sorprendido, le dice ‘¿Las aguas?, si esto es un desierto’, a lo que el protagonista responde impávido, ‘Me informaron mal’. Pues eso es lo que me pasó, Ben Hadad. Puede decirse que a mi también me informaron mal.
- Si tú lo dices. Por cierto, debo comentarte que los de arriba se han enterado de tu deseo de romper la baraja.
Richardus miró fijamente a su amigo y asintió. La noticia no le sorprendió en absoluto.
- Que cosa más extraña, ¿no? –dijo mientras comenzaba a apartar las gomas elásticas que cerraban en dossier que Ben Hadad le había puesto delante.
- Alguien del ministerio –prosiguió el israelí- se ha ido de la lengua, y tus intenciones han trascendido. Para resumir. Hay quienes opinan que tu marcha supone un riesgo. Yo he intercedido por ti, dando mi palabra de que no hay nada que temer, pero no sé hasta que punto he logrado convencer a esas voces críticas. Sea como sea, mis antiguos contactos me han asegurado que, de momento, la orden de neutralizarte se mantiene en suspenso con carácter indefinido. Eso sí, antes de desaparecer deberás ocuparte de algo. No lo discutas, se trata de una condición sine qua non. Toda la información preliminar la tienes en la carpeta que estás abriendo. Aunque no te lo creas, yo no he querido leerla. Solo sé que es algo extremadamente delicado en lo que varios gobiernos pueden verse implicados. Es por eso que necesitan de alguien de probada eficiencia, pero al margen de cualquier organización estatal, que pueda ocuparse de organizar y coordinar la operación. Más adelante te entregarán el resto de las órdenes.
Richardus hojeó los recortes y memorandos del dossier. No parecía contener mucha información.
- Un cabeza de turco, vamos –exclamó resignado, pues sabía que poco podía hacer por eludir aquella velada orden si es que quería seguir con vida-. Por Dios, Ben, ya soy viejo. Incluso Clint Eastwood dejó de encarnar a Harry El Sucio cuando comenzó a hacerse mayor para el personaje. Y ya que estamos a punto de comenzar el último acto de esta comedia –añadió-, no me vengas con que tú solo me estás traspasando lo que te han contado. Tú no eres un simple agente, viejo y retirado del servicio, no lo has sido nunca ¿no es así?. ¿A cuantas bandas has estado jugando durante todos estos años?
Ben Hadad sonrió.
Miembro de Haganah en los orígenes del Estado hebreo, uno de los fundadores del Mossad, empleado en el Ministerio del Interior y agente de alto rango del Shin-Bet. Richardus tenía razón, ni era ni lo había sido nunca un simple funcionario. Pero era mejor dejar las cosas tal como estaban.
- A veces descubrimos ciertas cosas –y ahora no le hablaba a su amigo, sino al cuarto hombre del coche de Rabin-, aspectos de nuestros amigos que desconocíamos. Pero eso no significa necesariamente que nos hayan traicionado. Todo forma parte de este mundo de engaños en el que nos movemos.
- Ya veo –Richardus apuró su Ch’Tl-. Está bien, acepto el encargo. Lo cierto es que no tengo otra opción ¿verdad?. No sé muy bien de qué va la operación, pero te doy mi palabra de que haré lo que se espera de mi. En cuanto a mi nueva identidad...
- En realidad te he puesto en el dossier muy pocos datos de la misión, apenas unos detalles de lo que serán tus pasos iniciales –le interrumpió Ben Hadad-. El resto de la información te la darán en otra parte. Lo que tú deseas saber ocupa la mayor parte de lo que te he dado. ¿Ves ese sobre anaranjado?
Richardus lo sacó de la carpeta y extrajo con cuidado su contenido.
- Partida de nacimiento, pasaporte, permiso de conducir y tarjeta sanitaria. Te llamas Viktor Willis y naciste en Hannover. Los folios grapados contienen un resumen de lo que ha sido tu vida hasta hoy, convertido en un reputado cirujano plástico. Estúdialo todo con detenimiento.
- ¿Cirujano?, si no tengo ni idea de medicina.
- No importa. Hace cuatro años, una lesión en tu mano derecha te apartó del ejercicio de tu profesión por lo que te jubilaste anticipadamente gracias a un cuantioso seguro que cubría esa incidencia.
- No sé yo si...
- Confía en mi.
- Oye ¿y Viktor Willis? –preguntó Richardus arqueando las cejas.
- ¿No te gusta?, era un anciano que nos ayudó a mi y a mis padres cuando abandonamos Polonia huyendo de los nazis. Se trata de una especie de homenaje póstumo a su memoria.
Ben Hadad mentía. En realidad, Victor –con C- Willis era el nombre del vocalista negro que a finales de la década de los 70 había hecho el papel de policía de tráfico en el grupo musical de estética gay “Village People”. A Ben Hadad le encantaban esa clase de chistes, y lo que más le gustaba era guardárselos para él.
- Vaya, me siento honrado –dijo Richardus encogiéndose de hombros.
- Sabía que te gustaría, y más al conocer su origen.
Ben Hadad reía para sus adentros.
- Hay algo más que aún no te he contado –dijo Richardus al guardar el sobre en la carpeta con los detalles de la que tenía que ser su última operación.
Ben Hadad se mantuvo a la expectativa.
- Quiero que localices a mi hijo. En todos estos años no me he preocupado de saber si él o su madre seguían con vida. Es decir, sé que con cargo a los fondos reservados de alguna de las oscuras y numerosas partidas secretas del Pentágono, se sigue abonando mi nómina de Jefe de Ventas de Westinghouse a una cuenta corriente a nombre de Mariona Bas, mi mujer. Pero desconozco cualquier detalle sobre lo que ha sido de ellos.
- ¿Tan difícil era averiguarlo?
- No, lo sé, y quizás me equivoqué pero preferí no mantener vivo ese vínculo. Ahora, sin embargo, lo echo de menos aunque, por supuesto, sé que no sería justo irrumpir de nuevo en sus vidas.
- Bueno, en parte te entiendo pero ¿qué quieres que haga yo?
- Lo que quieras, sé que te encantan este tipo de retos. Yo no voy a salir a buscarles. Quiero desaparecer de verdad, no remover el pasado y vivir con cierta tranquilidad lo que me reste de vida. Pero, aunque quizás no lo merezca, me gustaría que mi hijo no me guardase rencor.
- ¿Y yo qué hago cuando le encuentre?, ¿le digo ‘perdona a tu padre chaval, pero te abandonó por una razón muy poderosa. Tenía que asesinar a terroristas y Primeros Ministros’?
- Nada de eso. Mi hijo nunca debe saber en qué he ocupado mi vida. Solo necesito que me cuentes si es feliz y que le hagas saber –y dejo a tu libre elección la manera en que lo hagas, aunque sea inventándote una de tus historias- que no tuve otra opción que marcharme de casa. Que entienda que ni él ni su madre tuvieron la culpa, pero que sintiéndolo mucho ese fue el único camino que pude tomar.
A Ben Hadad le había sorprendido esa especie de última voluntad de Richardus, pero éste tenía razón. Esa clase de retos le apasionaban.
- Pierde cuidado, ya pensaré en algo.
Los dos amigos se miraron en silencio durante un largo e intenso minuto en el que solo hablaron sus ojos.
- Este es el final, ¿no? –preguntó el mercenario.
Ben Hadad asintió.
- Ha sido un honor disfrutar de tu amistad, Benjamín.
- Siempre te tuve por un hermano, Jorge, un hermano de la lejana Sefarad, y tienes que saber que lamento y me alegro de tu marcha por igual.
- Lo sé. Seguro que de aquí a un tiempo, cuando todo se haya calmado, encontrarás la manera e localizarme y ponerte en contacto conmigo.
- Antes, mi buen amigo, dejaremos que los ecos de tu nombre dejen de resonar en Oriente próximo.
Se despidieron en medio de una profunda tristeza y, aunque ambos lo deseaban, no se abrazaron.
- Por cierto –preguntó Richardus antes de salir por la puerta-, cuando informaste a tus superiores de mi intención de abandonar el servicio, ¿no les dirías nada de lo de Rabin?
Ben Hadad le guiñó un ojo.
- Deja de beber cerveza –le dijo-, estás echando barriga.
A cincuenta metros, desde el interior de su Toyota Corolla de color gris marengo, el novato que este mes informaba de las idas y venidas de Waitzmann y sus visitantes, tomó la última fotografía de Richardus en suelo israelí.
lunes, 25 de abril de 2011
José Antonio Torregrosa a.k.a. Torregar
Finalizo el día, el fin de semana y las vacaciones de Semana Santa con una pequeña selección de la obra del murciano José Antonio Torregrosa –que firma con el pseudónimo de Torregar-, un joven pintor figurativo a quien la crítica le ha encontrado pinceladas de fotorrealismo y neorrealismo.
Paseítos
Tras un tiempo sin publicar instantáneas del King Piltrafilla –un mes exacto concretamente-, hoy os traigo una primera tanda de una nueva actualización de la extensa y socorrida serie Paseítos que a lo largo de esta semana os traerá nuevas imágenes captadas en rincones diversos de las localidades de Barcelona, Caldes de Montbui, Caldes de Malavella, Lloret de Mar y Platja d’Aro. Espero que alguna de ellas capte vuestra atención.
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