Cómo pasa el tiempo. Desde el año pasado que no os comentaba ninguna peliculilla. Así que hoy me pongo a ello y elijo para la ocasión a esta infame coproducción argentino-peruana titulada El inquisidor o El fuego del pecado, como más os guste. Dirigida por el argentino Bernardo Arias, un antiguo asistente del realizador Óscar Kantor que en ese momento sólo había dirigido una película titulada Allpa Kallpa que se había llevado un premio en el Festival de Moscú, la cinta contó con un elenco de cierto nivel que contaba con Maria Aurelia Bisutti, Duilio Marzio, Elena Sedova, Jorgelina Aranda, Olga Zubarry o Eduardo Cesti, entre otros intérpretes. Y pese a que estaba llamada a convertirse en un éxito, todo se torció cuando fue prohibida por la censura, estrenada después de más de una década sin ningún cuidado y vilipendiada y más tarde olvidada por la crítica. En la actualidad, como pasa siempre con estos productos pese a su discutible calidad, se ha convertido en Perú y Argentina en toda una película de culto.
Se inician los títulos de crédito y en poco más de seis minutos ya asistimos a un asesinato en plena vía pública, a una boda y a la tortura de una joven en unas mazmorras, todo con un montaje tan caótico que no se entiende nada, algo que no mejorará a lo largo del metraje que seguirá con transiciones abruptas de una escena a otra aunque poco a poco iremos entendiendo el argumento. Este, en resumen, nos cuenta como unos frikis manipulados por una psiquiatra se creen herederos de la Inquisición con la sacrosanta misión de acabar con pobres e inocentes jóvenes a las que acusan de brujería. Lo malo llegará cuando su objetivo sean unas jóvenes turistas argentinas que sí son brujas.
Total, lo dicho, que se rueda El inquisidor y un juez deniega su estreno hasta que en 1984 desaparece el Ente de Calificación y se levanta la prohibición de exhibirla al público. Pero no será hasta finales de 1986 cuando los productores se decidan a hacerlo, en una única sala comercial, cambiando el título por El fuego del pecado, presentándola como una cinta erótica en lugar de como una obra de horror y sin explotar su estatus de película de culto prohibida durante años. El resultado fue de pena ya que despertó el nulo interés de un público que en la segunda mitad de los 80 ya se movía por otros gustos. En resumen, un producto recomendado para fans del cine de terror erótico setentero en el que la voluntad suple muchas veces a la calidad que, todo sea dicho y obviando el tema del montaje antes comentado, en esta obra tampoco resulta tan deleznble.













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