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sábado, 19 de abril de 2014

Multi Plumas: The End


Piltrafillas, ya está, el jueves puse el punto y final a la aventura del Proyecto Multi Plumas. Si os tengo que ser sincero, os diré que el resultado no ha sido el esperado... ni mucho menos. Sin embargo, la culpa de ello ha sido solamente mía, al haber depositado en este proyecto unas expectativas que eran del todo inalcanzables. En mi inocente ignorancia, pretendía que los participantes tomaran como inspiración las bases argumentales que planteaba en mi primer capítulo para ir desarrollando –en el fondo, a mi manera- la idea preconcebida de la historia que yo tenía en la cabeza. Por supuesto, era un error. 
Como es natural, cada uno, en mayor o menor medida, ha intentado utilizar –mínimamente en ocasiones- los personajes que en los primeros capítulos iban apareciendo, aunque convendréis conmigo en que al final, lo que cada autor ha hecho ha sido escribir su propia historia, intentando hacerla encajar –con calzador, a veces- en esta caótica trama en la que Pablo se ha visto envuelto o ha vivido paralelamente. 
Y eso, pese a que no cumplía el objetivo inicial, es lo que debo agradecer. Porque lo que he conseguido es que volcáseis vuestra creatividad al servicio de mi propuesta, restando horas –en la mayoría de casos- a vuestros quehaceres diarios con el fin de cederme tiempo y talento al servicio de una ocurrencia que no teníais ningúna obligación de secundar. 
Así pues, quiero agradeceros a @FRAILAS, @RockologiaTwit, @DonCrspulo, @Josep_Harris, @stoodupmelodica, @LAIwtRYU, @esther2080, @kikomar46, @vanchante y @GuarrillaUrbana vuestra desinteresada aportación al Proyecto Multiplumas. De verdad, muchas, muchas gracias. Espero que os hayáis divertido. 



jueves, 17 de abril de 2014

EPÍLOGO

El cubículo apestaba a orines y a moho. Sus paredes estaban jalonadas de desconchones más o menos profundos y de manchas resecas de sangre de las chinches y cucarachas aplastadas a lo largo de casi treinta años por aquellos que habían pasado un tiempo en aquel lugar oscuro e inhóspito, lo que incluía los últimos meses. Pese a que había sido clausurada no hacía mucho, esa celda de la prisión albana de Drenovë había servido para mantener recluido lejos del amparo de las autoridades a Melquíades Paradís, un tipo menudo y esmirriado, de unos sesenta y pico años, en cuya cara destacaban un bigote canoso con las puntas amarilleadas por la nicotina y unas enormes gafas de gruesos cristales y montura pasada de moda. Ese hombre se hallaba sentado en un taburete de Ikea de impronunciable nombre, encorvado sobre un pequeño escritorio –en realidad un antiguo pupitre robado de un instituto en las afueras de Korçë- con los ojos clavados en una cuartilla de papel a medio rellenar, cuando de pronto la puerta de la estancia se abrió de sopetón. 

Un hombre moreno, enjuto y de duras facciones, vestido con un traje de camuflaje que llevaba distintivos de la UÇK se plantó a un paso del prisionero y comenzó a vociferar visiblemente contrariado, tan cerca de Melquíades que este notaba como partículas de saliva del kosovar se estrellaban en su nariz. En realidad, el energúmeno aquel estaba más que enfadado mientras blandía unos cuantos folios en su mano izquierda. Un par de pasos tras él, una pelirroja joven y bajita a la que faltaba un brazo, que vestía uniforme de enfermera de un blanco inmaculado, traducía a duras penas la perorata nerviosa del hombre vestido de guerrillero, poniendo especial énfasis en utilizar las palabras correctas. 

-Pablo, Marko, Luisa, Pawel, Katharina, Helga, Arsenio, Daniel, Arthur Schnabel y su puto diario... ¿se puede saber qué es todo este caos?, ¿qué coño te crees que estás haciendo? 
El kosovar tiró los papeles al suelo, justo a los pies de Melquíades, que escuchaba con atención las palabras de la chica sin quitar ojo a la mirada encendida de aquel hombre que escupía al gritarle cosas sin sentido para él. 
-¿Y qué se supone que debía escribir? –preguntó sin mostrar temor alguno, aunque sí un insoportable hartazgo-, ¿qué es lo que esperabas de mi?, hace semanas que nadie me dirige la palabra. Os limitasteis a pasarme papel y un bolígrafo y a gritarme “¡roman!, ¡roman!”. ¿Acaso me habéis visto cara de adivino? 

La joven tradujo en voz muy bajita las palabras que aquel pobre diablo acababa de pronunciar, un hombre que meses atrás había sido introducido a la fuerza en una Chevy Express después de recibir un fuerte golpe en la cabeza mientras paseaba por los alrededores de su hotel en Dubrovnik, al que había sido invitado por una editorial croata. 


-¡Tú eres el gran Paradís, el escritor de éxito autor de best sellers internacionales! ¿tan difícil era crear para nosotros una novela a la altura de tu reputación? 
Melquíades sonrió con desprecio. 
-¿Y quiénes se supone que sois vosotros? 

No tenía que haberlo preguntado. 

Casi sin necesitar oír la traducción –de hecho, la voz trémula de la pelirroja vestida de enfermera cada vez era menos audible, por lo que tampoco ayudaba demasiado-, el guerrillero sacó de su cinto una Zastava CZ99 nuevecita y disparó a bocajarro en la frente del escritor, llenando la pared del fondo de la celda de sesos y trocitos de hueso antes de abandonar la habitación profiriendo improperios mientras la intérprete se quedaba allí, inmóvil, temblorosa... y cabreada. Ahora le tocaría limpiar a ella aquel desaguisado y con un brazo le iba a ser difícil utilizar la fregona y acabar el trabajo con rapidez. Lo sabía porque ya hacía meses que allí nadie se preocupaba de sus necesidades. Llevaba tiempo realizando las labores más desagradables de la prisión sin que ni sus jefes –Karel y un comando de guerrilleros- ni las cinco prostitutas engreídas que vivían con ellos en la antigua cárcel de Drenovë le hubiesen dedicado ni una sola palabra amable ni una sonrisa de agradecimiento. Engracia –tal era su nombre- maldecía desde hacía tiempo la mañana en la que había salido de su Cuenca natal en dirección a la Europa del este. 

Esta vez, sin embargo, no tuvo tiempo de complacerse en su desgracia. En medio de un ruido ensordecedor, el techo de la celda desapareció de pronto como aspirado por una fuerza invisible mientras una luz cegadora bañaba la estancia y un viento arremolinado levantaba en el aire los folios manuscritos de Melquíades Paradís, cuyo cuerpo sin vida seguía en el suelo, yaciendo en medio de un charco de sangre viscosa. 
Engracia protegía sus ojos con la mano que le quedaba mientras gritaba “¡Llevadme, sacadme de aquí!” sin saber en realidad si estaba elevando su plegaria a una nave vulcana o un Apache de Blackwater. Entonces, como si hubiesen entrado todos ellos en la TARDIS del Doctor Who, Engracia, el cadáver de Melquíades, los kosovares y sus putas, desaparecieron por ensalmo del penal de Drenovë sin dejar rastro antes de que el lugar entero quedase bañado por la oscuridad. Luego, el silencio. La nada. 

Para el resto del mundo –que seguía con su cotidianidad sin imaginar lo ocurrido- el proyecto secreto de Karel y su comando de la UÇK, la historia sin pies ni cabeza de Pablo Gil, Helga, Leopold Stern, el impresentable de Crisanto Valdemoro García de la Cruz o los descendientes de Josef Mengele sería para la eternidad un secreto que ignoraría de por vida, algo que –a la vista de los resultados- quizás era lo mejor para todos. 

sábado, 12 de abril de 2014

CAP.11

Esta vez, Pablo llegó al bosque al anochecer. No tuvo que esperar mucho tiempo hasta recibir la señal de la base. Sabía que llegaría este momento, por lo que no se inmutó al escuchar las nuevas instrucciones. 
-Te quedan 24 horas de estancia en este planeta. Sabemos que lo has intentado, has hecho un buen trabajo de investigación sobre el odio, pero tu implicación en los últimos acontecimientos pone en peligro tus emociones. Si continúas aquí acabarás contaminándote y no podrás regresar nunca más a nuestro planeta. Sabes que no admitiríamos a nadie que pudiese transmitir odio a nuestros descendientes. Sin embargo, queremos recompesar tu esfuerzo por haber dedicado todo este tiempo a la investigación para hallar la manera de eliminar el odio y garantizar una galáxia mas armoniosa. Tu recompensa es la libertad de elegir. 
Puedes quedarte y seguir siendo un humano -y por tanto mortal- hasta el final de tus días, o regresar al lugar dónde los tuyos y la inmortalidad te esperan . Dentro de 24 horas aquí, en este mismo lugar, habrá una nave esperándote. 

Pablo regresó a su casa. Menos de dos días para decidir. Era verdad que en este planeta el odio campaba a sus anchas, era una plaga difícil de erradicar con demasiados aliados, la avaricia, el orgullo y el ansia de poder entre ellos. Pero también había conocido cosas que no existían en su planeta, muy valiosas, que incluso lograban hacer olvidar el odio momentáneamente. Pablo –por ejemplo- había descubierto el placer de la música y el placer del sexo. Estas dos sensaciones no podía llevárselas, pues en su estado alienígena no podían percibirse, solamente un cuerpo humano con sus cinco sentidos podía disfrutarlas. 

Al llegar a su hogar encontró encima de la mesa un gran sobre con la palabra URGENTE impresa. Dentro había unas instrucciones de Helga. Debía ir a recoger a un tal Daniel al aeropuerto. Venía de Lima, vía Madrid, se especificaba la hora, la compañía y el número de vuelo. También se adjuntaba una descripción detallada y una fotografia del individuo. Una vez localizado, tenia que llevarlo hasta la gran mansión. Miró el reloj, tenía que salir ya. 

Pablo llegó justo en el momento en que desembarcaban los pasajeros del vuelo que esperaba. No fue difícil localizar entre todos ellos al tal Daniel. Pablo se presentó como asesor de la compañia que le ofrecia el trabajo. El joven parecía desorientado y, por más que preguntó de qué se trataba todo aquello, no obtuvo más respueta que un aséptico "tienes que acompañarme. No te preocupes, has tenido suerte en ser elegido, es un buen trabajo". 


A la mansión llegaron en taxi. Allí los esperaba Helga, recién llegada de Londres. Se presentó como la persona encargada de hacerle la entrevista previa a la selección definitiva. Acompañó a Daniel a una gran habitación y le comunicó que enseguida lo llamarían para hablarle del trabajo. Luego cerró la puerta y se dirigió a Pablo, invitándole a salir al jardín. 

-Grácias, pero tu contrato con nuestra empresa ha terminado. Regresa con los tuyos, es la única alternativa que tienes para salvarte. 
-Pero tú... ¿quien eres realmente? 
-Soy una androide, SUXEN9, programada por los altos mandos de nuestro planeta para ser el contacto de todos los que sois enviados para la misión . 
Te dieron un cuerpo humano y yo te ayudé a adaptarte y humanizarte. Fui primero Luisa para ti, quien -una vez acabado su trabajo-, tuvo que desaparecer para convertirse en Helga y llevarte hasta uno de los centros donde se conjura el odio. 
A diferencia de vosotros, yo no tengo fecha de caducidad en este planeta. A ti te queda poco tiempo y debes regresar. Como ves, ya han enviado a un substituto, tal y como llevan haciendo durante siglos. 
-¿Daniel? 
-Efectivamente, él continuará la misión. Ahora debes marcharte, la nave te está esperando. 

Mientras, Daniel empezaba a impacientarse. Llevaba casi dos horas esperando en aquella fría y vacía sala. Un enorme cuadro de color cyan con una diminuta estrella violeta en el centro ocupaba una de las paredes. En la de enfrente, una gran ventana que daba a un inacabable campo de unas extrañas flores amarillas. En la otra pared una gran puerta de ébano, tallada con siluetas de unos extraños seres mitad caimanes mitad humanos. Y junto a la otra pared, un sofá de color rojo en el que se sentó. Tenía la sensación de estar dentro de un cuadro de Piet Mondrian. Y esa música, esa extraña sinfonía clásica que salía de algún piano que alguien parecia tocar no muy lejos de allí, tampoco ayudaba a tranquilizarlo. 
Helga, de pie en el centro de la habitación contigua miraba fijamente a través de la claraboya que ocupaba prácticamente todo el techo, cómo la pequeña nave violeta se iba alejando cada vez más en el cielo de la noche. Cuando hubo desaparecido por completo, volvió a su silla y a través del interfono indicó que ya podían traer a Daniel para la entrevista. 

-Bien Daniel, nuestra compañía es BIRKENFELD AG, una firma dedicada al transporte internacional con sede en Viena. Quizás había oído hablar ya de nosotros. 

Hay historias que no tienen fin. 

© @GuarrillaUrbana 

Lee aquí el siguiente y último capítulo.

sábado, 29 de marzo de 2014

CAP.10

Daniel caminaba cerca de la Plaza Mayor y miraba a su alrededor cómo la gente subía deprisa a los buses, cómo los niños andaban camino del colegio, mientras él solo caminaba con el dolor de cabeza que dejan la cerveza y el ron tomados durante la noche anterior. Los lunes en el centro de Lima son así, pero para Daniel el mundo va y viene mientras él camina pensando en si habrá o no dinero para comer. Un jean apretado, un polo de Motörhead, algunas pocas monedas en el bolsillo y una casaca de cuero era todo lo que tenía. Se sentó en una banca del parque universitario; pasaban algunos ambulantes vendiendo desayunos al paso, el solo verlos le causaba algo de nauseas. Y así siguió, sentado, mirando a la gente pasar mientras la clásica neblina limeña enfriaba un poco el otoño y algunos rayos solares se asomaban entre las nubes indicando que hacia el medio día el sol sería inclemente a pesar de estar en otoño. 

El reloj del parque universitario marcaba las 8.30 de la mañana y entre medio dormido y despierto, Daniel se levanto como buscando algo entre sus cosas. Al recordar lo poco que tenía, empezó a caminar lentamente con dirección errante, atravesando las pequeñas calles del centro de Lima. Los primeros negocios abrían ya sus puertas cuando se acercó a una panadería que estaba en una esquina y pidió un par de panes para calmar el hambre, que ya varias horas habían pasado desde la última vez que comió. Con eso ya le quedaba aun menos dinero del que tenía cuando inició el día. Luego siguió su camino con destino a cualquier lado, llegó a la estación central de buses metropolitanos y tomó uno rumbo hacia el sur. Al llegar al cuarto que alquilaba o al menos trataba de pagar para quedarse ahí, se encontró con la dueña de la casa quien inmediatamente le increpó que debía ya casi dos semanas. Daniel se detuvo para intentar prestar atención a la dueña pero con su mente en blanco oía algunos balbuceos y nada más. Aun así, se disculpó y prometió sin falta el dinero para el viernes. 

Ya el día llegaba a su fin y Daniel no había hecho más que dormitar y escuchar algo de música grabada en un celular antiguo que solo le servía para ver la hora y almacenar algunos discos. Sin señal, era tan viejo que tenía que estar conectado todo el día para que funcionase. Entre vivo y muerto, Daniel volvía a despertar para salir en la noche, su estilo de vida bohemio y sin tabúes lo llevaba siempre a tener mil anécdotas para contar, pero como no tenía amigos se las quedaba para él. 

Es martes, Daniel se da un baño, se vuelve a poner la misma ropa -no tiene más-, mira a su alrededor, ve el teléfono móvil, le da al play, suena el …And Justice For All. Los acordes de Blackened le dan un poco de ánimo y sale con rumbo al bar de siempre. El Templario, bar metalero por excelencia del centro de Lima, hoy presenta bandas nuevas y mientras Daniel intenta convencer a un grupo de muchachos de que él es el guitarrista perfecto para su banda, van tocando algunos covers de algunas bandas ya conocidas. Es la segunda vez que Daniel tendrá que dejar su caótico arte y verlo todo sentado en la barra; a la larga esto cambiará su destino para siempre. 

Daniel escuchaba las bandas nuevas y criticaba, quería escuchar un thrash más ochentero que pudiese hacer hervir todo ese monstruo metalero que llevaba dentro. Antes de llegar había conseguido algo de dinero vendiendo unas mantas que le robo a la dueña de la casa donde rentaba su cuarto, bien pensaba él que la vieja nunca se iba a dar cuenta, y el dinero para la cerveza siempre era necesario en esos sitios. De pronto, a su lado se sentó un desconocido. Usualmente los martes iban siempre al Templario los mismos tipos desaliñados, pelucones, y con polos de bandas como Maiden, Saxon o Death entre otras más o menos conocidas. Pero a ese tipo flaco, alto, de barba, nunca lo había visto antes. Pero, como siempre, Daniel hizo caso omiso a sus instintos y siguió criticando a las bandas junto con su amigo, por así decir, el barman. 


Daniel había bebido más de 5 cervezas y nuevamente los sentidos le fallaban. Pensó que era hora de irse a su cuarto a descansar, pero como era de esperar solo quedaban algunas monedas en su bolsillo. Eran poco más de las tres de la madrugada, debía esperar a que amaneciese para que los primeros buses lo llevasen rumbo a lo que Daniel llamaba casa. Fue en ese momento cuando el flaco alto y barbón se acercó y le dijo 
–Hey Daniel, quiero ofrecerte algo. ¿podemos conversar?. 
Daniel subió la mirada para poder enfocar o tratar de enfocar a ese hombre que jamás en su vida había visto. 
–¿Quién es usted?– balbuceó Daniel mientras el rasgueo de las guitarras se escuchaba bastante fuerte y la batería opacaba todo intento de comunicación. El barman miraba con atención el intento de conversación de esos dos muchachos. Al darse cuenta, el tipo alto barbón dio media vuelta y se llevó a Daniel abrazado como si fueran amigos de siempre. 

El barman iba a preguntarles algo pero de pronto llegaron varios a comprar cerveza y su intento se diluyó entre algunos soles y algunas botellas vacías. 

El hombre paró a Daniel en la calle y le dijo: 
-Necesito que hagas un trabajo, te voy a pagar bastante bien y te vas a ir del país, si te quedas te pudres en la cárcel, ¿aceptas? 
Tan claro y conciso fue, que Daniel lo recibió como un cuchillazo en la mente, todo el alcohol se mimetizo con la idea de hacer algo que lo podría llevar a la cárcel o ser un fugitivo eterno. Se detuvo a pensar lo que ese hombre venía a decirle, quería más información, no tenía nada que perder; y lanzó la pregunta sin temor. 
-¿A quién hay que matar? 
El hombre esbozo una sonrisa –no es tan fácil– le dijo. 

Daniel es un muerto viviente, lo poco que sabe hacer no lo hace muy bien, y esto podría cambiar su vida para peor o quién sabe. Las decisiones que había tomado Daniel durante sus 27 años de vida no habían sido las mejores, lo demostraba el precario modo de vida que tenía. El hombre lo miró y le dijo: 
–Parece que estas decidido a cambiar tu vida. Daniel que veía todo más claro con las primeras luces de la mañana, caminaba junto al hombre alto barbón. Pasaron por un par de iglesias coloniales y algunos parques del centro histórico hasta que volvieron a llegar a la Plaza Mayor, cerca a la catedral. Iban conversando sobre algunos temas en común. Al parecer mientras pasaba el tiempo se volvía más amena y divertida la conversación. Llegaron a un acuerdo y el hombre alto barbón saco un sobre de su bolsillo y lo dejó en una banca. Tomó un taxi y se fue. 

Daniel tomó el sobre y encontró varios billetes de 100 dólares, un pasaporte con su datos, y un boleto de avión a Madrid. Su vuelo salía a las 5 de la tarde de ese día. Sin nada que perder, sin nada que temer, volvió rápidamente a su cuarto. La mujer lo estaba esperando en la puerta, sin hablar mucho ni dejarla hablar le dio un billete de 100 dólares. La vieja no sabía que decir, estaba a punto de increparle acerca de sus sabanas, pero se dio por bien servida con ese billete. 

Las pocas cosas que pudo rescatar Daniel fueron el último libro que estaba leyendo, 100 años de soledad, el teléfono que -si bien es cierto- no servía como móvil, sí como almacén de algo de música, un par de fotos de su perro y un autógrafo de Dave Mustaine. Lo puso todo en un bolso que había comprado de camino a casa, lo cerró y partió hacia el aeropuerto. Mientras atravesaba la ciudad veía sin mucho interés Barranco, Miraflores, la congestionada avenida Javier Prado, San Isidro, Magdalena, Callao... Llegó poco antes de las 4 al aeropuerto, tarde para ser la primera vez en su vida que se subía a un avión, mientras preguntaba por dónde y a dónde ir pasaba el tiempo. Cuando llegó el momento de pasar migraciones, el hombre de la cabina lo miró despectivamente, interrogándole por un corto tiempo hasta que finalmente lo dejó pasar. Daniel subió al avión, y ubicó su sitio, era primera clase. 

Ya en el aire, abrió el sobre nuevamente. Tenía algunas instrucciones. Llegando a Madrid debía trasladarse hasta Barcelona, donde lo estará esperando un tal Pablo. Sin más instrucciones, Daniel simplemente se deja llevar por el miedo de subirse por primera vez a un avión. En el aeropuerto había comprado un celular nuevo, al que había agregado rápidamente algunas canciones. El viaje iba a ser largo, por lo que le dio al play. No podía empezar con mejor tema, Wherever I May Roam sonó estridente a través de los audífonos mientras notaba cómo el avión se iba moviendo. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Daniel, cómo si esta fuera la última vez que veía la ciudad que lo vio nacer. 

© Víctor Anchante

Lee aquí el siguiente capítulo.

sábado, 15 de marzo de 2014

CAP.9

El órgano de la iglesia sonaba profundo. La afinación era poderosa, y el organista estaba disfrutando de ese momento cuando la puerta del templo se abrió. 
El hombre se quedó esperando, dejando que la música le penetrara, pero observando tanto fuera como dentro de si mismo, cada reacción, cada movimiento de sus sentimientos. Ese organista era el elegido para interpretar la música que se recogía en el famoso diario, y él quería tenerlo antes de que Helga y el resto de descendientes de Mengele lo consiguieran. 

Cuando acabó la música, con los armónicos aún resonando en sus oídos, subió las escaleras hasta el coro. El organista, Luis Bilbao, no esperaba a nadie. Estaba recogiendo las partituras. Y cuando vio a ese hombre apuntándole con una pistola, se le cayeron todas la suelo. 
- No quiero hacerte daño, Luis. Sólo quiero decirte que tienes que acompañarme, y que lo harás por las buenas o por las malas. Y prefiero que sea por las buenas. 

Montaron en un Opel Corsa blanco, un coche nada glamouroso, pensó Luis, mientras intentaba entender qué estaba pasando allí. Se atrevió a hablar: 
- ¿Puedo saber qué quieren de mí? 
- De momento no puedo decirte nada, Luis. 

En la radio sonaba la sinfonía Turangalila. Luis estaba asombrado, pocas veces la había oído fuera de su hogar. En la calle, el hecho de que para él Messiaen fuera uno de los mejores músicos del siglo XX era algo que sabía que poca gente compartía. 

Hicieron el viaje en silencio. Nuestro hombre seguía observando dentro de sí sus reacciones y pudo sentir cómo una ola de calma le llenaba. Había hecho el trabajo impecablemente, el organista estaba a su lado y había sentido la violencia extenderse antes por su ser, esa violencia que, al observarla, también pudo ver cómo iba desapareciendo, incapaz de asirse a nadie ni a nada. La violencia, que era la marca de su vida, estaba desapareciendo al aceptarla. Nunca pensó que eso fuera a ocurrir así, pero estaba ocurriendo. Para él, el mundo estaba cambiando y lo hacía desde dentro hacia fuera... y desde fuera hacia dentro. 
La música vibraba. Con el final de la sinfonía, aparcó el coche, bajarón del mismo y le sonrió a Luis. 
- Vamos, organista. 


Por la mañana, al despertarse, Luis no sabía dónde estaba. Tardó un poco en recordar que la noche anterior el hombre del Corsa blanco le había dejado la cena y se había ido, cerrando la puerta con llave por fuera. Seguía sin entender lo ocurrido. Así que decidió vivir la situación sin preguntarse nada, lo que le permitiría que sus reacciones fueran más rápidas, más claras, sin dudas que las enturbiaran. 

Se levantó. Había una cafetera, galletas, magdalenas, fruta. Alguien se había preocupado de que su desayuno habitual le acompañara en ese extraño secuestro. Mientras se preparaba el café, se abrió la puerta. Dos personas entraron, el hombre de ayer y una mujer morena, de unos cuarenta años, atractiva, con un vestido blanco que flotaba al andar. 
- Buenos días, Luis. Me presentaré. Soy Inés Ribadesella y él es mi compañero, Esteban Argote. ¿Nos invitas a un café? 
Luis supo, nada más verla, que esa mujer era la mujer de su vida. 
- ¿Entonces Esteban es tu pareja? 
De todo lo que le había pasado, y era lo único que se le ocurría preguntarle. 
Inés rió. 
- No, es mi compañero de trabajo en esta empresa que hemos emprendido, pero no mi pareja. No tengo pareja, de hecho. Inés sonrió complacida, a ella también le gustaba el organista, y podía imaginar esas manos grandes, esos dedos largos, resonando en su cuerpo. 
Luis preparó tres tazas, sirvió el café y dejó la leche y el azúcar para que cada uno se lo pusiera a su gusto. La mesa de la cocina era redonda, cabían los tres, y sus rodillas rozaban las de Inés. Respiraba un poco agitado, era normal. 

Mientras desayunaban, Inés le contó una historia increíble sobre una sinfonía perdida de Beethoven, la décima, y de cómo de esa sinfonía saldría una información valiosísima, una información que permitiría encontrar el tesoro egipcio de Napoleón, que ellos querían salvar para el mundo. 
- Nosotros somos creadores de una organización que intenta que este tesoro no caiga en manos de los nazis, de sus herederos vaya, cuyos miembros ya están casi a punto de hacerse con el diario dónde se recoge la misma información sobre la sinfonía que nosotros hemos descubierto. Ese tesoro puede servir para hacer el bien o para profundizar en el mal. Pase lo que pase, sólo será una batalla más en este teatro que es la vida, lo sabemos, pero es el papel que nos toca desempeñar ahora, y lo vamos a representar hasta el final. De las notas de la sinfonía ha de salir, no sabemos exactamente cómo, la información que nos llevará al mencionado tesoro. Tendremos que hacer un detallado análisis de la partitura, tocarla -y para ambas cosas te necesitamos-, quizás hacer una reducción a piano... no lo sabemos exactamente. Sólo sabemos que aquí está la partitura –se la acercó-, tienes un piano en el cuarto del fondo y una cama para descansar. No saldrás de aquí hasta que tengamos la solución al enigma. 

La voz de Inés hizo una cadencia casi amorosa. 
- Yo os dejo, debo encargarme de la intendencia - dijo tranquilamente Esteban, que hasta entonces no había abirto boca. Luis estuvo de acuerdo en todo. La perspectiva de compartir los siguientes momentos de su vida con Inés lo colmaba. Era todo lo que deseaba. Aunque no supiera cuánto tiempo duraría. 

Y mientras todo esto ocurría, Helga en Londres estaba a punto de hacerse con el diario, supo Esteban. 
Creían que habían parado a Pablo Gil, pero no sabían mucho aún, solo que había desaparecido. 

Luis cogió la partitura, era una sinfonía en do menor... 

@kikomar46 

Lee aquí el siguiente capítulo.

domingo, 9 de marzo de 2014

CAP.8

Pablo abrió los ojos, le pesaban, tenía un dolor de cabeza de mil demonios y un sabor metálico en la boca que le producía nauseas. No era capaz de pensar, por su cabeza pasaban imágenes sueltas que no tenían ningún sentido. Se metió bajo la ducha para intentar despejarse; tenía marcas de pinchazos en los brazos y notaba algo bajo la piel en el cuello. Estaba asustado y muy, muy cabreado. 

Se vistió, tomó un café y dos aspirinas, pensaba en Helga- te vas a enterar hija de puta-se dijo por lo bajo. 
Cuando llegó a la oficina, Marko estaba en la entrada. 
-Buenos días Pablo, Helga te espera. 
Pablo no contestó, subió las escaleras y sin llamar dio un empujón a la puerta. Helga se giró. 
-Hola Pablo, como est... 
No pudo continuar. Pablo la cogió por el cuello y la empujó contra el sofá situándose encima de ella. 
-Empieza a hablar o te juro que te mato-, le gritó. 

Y sin más la besó. Casi mordiéndole, le metió la mano bajo la blusa -Helga no se resistió-, le subió la falda y se bajó la bragueta para -sacándose la polla- metérsela al instante; Helga gemía y él la embestía como un loco. No tardó mucho en correrse, y mientras se separaba de ella le soltó -lo siento, no sé qué coño me pasa. 
-Pablo –dijo ella-, tienes todo el derecho del mundo a estar enfadado, pero déjame que te explique. Helga se colocaba la ropa, y se ordenaba el pelo. 
-Por favor, tranquilízate. Has pasado todas las pruebas, ya eres uno de nosotros. 
-¿ Y esto? - Le enseñaba los pinchazos y el cuello. 
-Te hemos hecho pruebas rutinarias , ficha médica, análisis... lo normal, y lo del cuello es solo un dispositivo de seguimiento, así sabremos siempre dónde estás en todo momento, eres muy valioso y tenemos que asegurarnos que no desaparecerás. 
-De qué coño hablas? ¿que habéis hecho conmigo? 
-Verás Pablo, como sabes, nuestra empresa se dedica al transporte internacional, se mueve mucho dinero, a ti se te da bien el papeleo, las cuentas, es lo tuyo. 
-¿Qué pasa, que no hay contables en Viena?- gritó él. 
-Claro que los hay, pero la contabilidad que tú vas a llevar es la que no se enseña al fisco, ¿me entiendes?. 
-¿Y para defraudar a hacienda todo esto?, joder, me lo hubieses dicho y punto. 
-Hay más, contabilidad B, cuentas en Suiza y las Caimán... y arte. Subastas a gran escala, donde las inversiones son muy fuertes, donde tú pujaras por lo que se te ordene. Y te encargarás del papeleo, traslado a contenedores en China donde se almacenan. Tú harás que todo parezca legal. Nadie te conoce en este mundillo, pasarás desapercibido haciendo el papel de mi secretario personal y contable de una empresa respetable. 
-¿Y para eso era necesario usarme de cobaya?. 
-Ya te he dicho que son pruebas rutinarias y algo de aprendizaje con ayuda de algunos fármacos. Así, en el caso de que tuvieses que declarar, solo te sacarían lo que ya saben; que trabajas para nosotros como empleado administrativo. Nadie va a imaginar nunca que has sido adiestrado para muchas más cosas, las descubrirás a medida que vayas necesitándolas, ni siquiera tú mismo sabes de todo lo que eres capaz. Tendrás lagunas de memoria y dolor de cabeza , pero se pasará. 

Helga sacó un sobre de un cajoncito de su escritorio. 
-Toma , te lo has ganado. Solo es un anticipo, pero debes gastarlo con cuidado para no levantar sospechas, no nos conviene que de repente manejes mucho dinero. Se supone que tienes un sueldo normal. 
Pablo no sabía qué decir. 
-Vete a casa –siguió ella-, descansa unos días Yo tengo que hacer un viaje, pero cuando vuelva dejarás tu casa y te vendrás a vivir conmigo y Marko a la casa que tiene la empresa en las afueras. Allí trabajarás sin interrupciones, debes concentrarte porque se espera mucho de ti y la documentación que manejarás no puede salir de allí. De vez en cuando darás una vuelta por tu casa para no levantar sospechas, creemos que te han puesto micros y cámaras. Pero nada más. Sé prudente y todo irá bien. 

Pablo iba a seguir preguntando pero estaba demasiado cansado y todo le daba vueltas, 
Todo aquello tenía que digerirlo. 
Salió de la oficina con una sensación que no era capaz de entender, entró en el primer bar que encontró y pidió una cerveza rememorando cómo se había tirado encima de Helga y en todo lo demás. 
Luego se dispuso a hacer compra, no tenía nada en casa y el dinero ya no era un problema. Le gustaba esa sensación. 

Ya al abrigo de su hogar, se había quedado dormido cuando sonó el timbre. 
Por la mirilla vio a Crisanto. 
-¿Qué tripa se le ha roto a este cabronazo?- farfulló. 
-Hombre, Pablo, por fin te encuentro -dijo mientras entraba sin que Pablo tuviese tiempo de invitarlo a pasar-, estaba preocupado por ti ¿dónde te metes?. 
-Trabajando Cris, ya sabes que me salió un trabajo y tengo que comer ¿sabes?, pero dime ¿por qué me buscabas? 
-Traigo malas noticias. Luisa ha muerto. No te hemos podido localizar para decírtelo. 

Pablo se quedó parado. 
-No sabes cómo lo siento, me has dejado helado. 
-Bueno son cosas de la vida, pero tan joven... 
-Cris, te agradezco que hayas venido a decírmelo, pero he estado trabajando mucho, ya sabes, soy el nuevo en la empresa y no quiero ser descortés pero necesito descansar y asimilar sin compañía que Luisa ya no está. 
Crisanto Valdemoro García de la Cruz, se dio cuenta que no iba a sacarle nada más y se despidió de Pablo 
-Cuando quieras podríamos quedar y tomar unas birras. Te llamo un día de estos, cuando estés más descansado. Y oye, te acompaño en el sentimiento –le dijo mientras le daba la mano con desgana. 

Crisanto bajó las escaleras pensando que Pablo estaba raro, que no era el mismo de siempre y que tenía que aumentarle la vigilancia. Los Zipizape no habían conseguido nada más que destrozar el Ford azul, tendría que encargarse del asunto él mismo. 
Mientras, Pablo se sirvió un Jack Daniel´s. Se sentía satisfecho de cómo había manejado la situación con Cris, ese pedazo cabrón que se tiraba a Luisa cuando estaban casados y presumía de ser su amigo. Levantó el vaso y brindó. 
-Por ti Luisa- se dijo, dándose cuenta de que no había preguntado por cómo había muerto. 
Puso música. Iron Maiden: No more lies. 
-No más mentiras, Luisa. Te perdono –pensó, y se sirvió otra copa. 


Estaba empezando a impacientarse, ya llevaba dos días en casa, bebiendo, aporreando la Jackson y cada vez que pensaba en Helga se empalmaba y se cabreaba. Deseaba verla y volver a tenerla entre sus piernas y mientras tanto se estaba matando a pajas. Tres días después sonó el automático. Era Marko. 

-Pablo, creo que te mudas con nosotros. Recoge lo imprescindible y baja rápido, nos vamos. 
A Pablo le dio un vuelco el corazón. 
-¿Y Helga? –preguntó. 
-Está en la casa de las afueras, me ha enviado a recogerte. 
-De acuerdo, en nada estoy listo –dijo. Una bolsa de deporte era todo su equipaje. 

Durante el trayecto, Marko hablaba sin parar. 
-Quiero que sepas que ahora eres uno de los nuestros, pero debes tratar bien a Helga o te las verás conmigo. Estás avisado, ella es .. ella es mi familia. 

Pablo miraba a Marko, ese armario de dos puertas adoraba a Helga y él solo pensaba en follarla otra vez. 
-Hemos llegado -dijo Marko, pero él solo veía campo. 
-No veo casa alguna- dijo Pablo. 
-Todo lo que ves –le explicó el armario- es la propiedad, la casa la veras en unos 10 minutos. 

Cuando apareció la casa a su vista, Pablo soltó un “joder, ¿qué es eso?” Esperaba ver una casa de campo, un chalet o algo así. Sin embargo, lo que tenía ante los ojos superaba lo que había imaginado. Varias edificaciones pequeñas, con una distancia de varios metros entre unas y otras, y luego una mansión enorme que parecía un búnker. 

-Estarás a gusto aquí le dijo Marko-, esto es muy tranquilo y seguro. Nadie que no sea de la empresa viene por aquí. Tienes todo lo que puedas necesitar y el campo de entrenamiento es uno de los mejores que verás nunca. 
Pablo escuchaba y miraba a un lado y otro mientras accedía a la construcción principal de aquel complejo en medio de ninguna parte. 
-Dejaré que te instales. Te llamarán por teléfono para la cena. Tiene uno cargándose en tu habitación, debes llevarlo siempre contigo. Esto es muy grande y no podemos llamarte a gritos. Si necesitas algo, tienes las instrucciones en la mesilla, échales un vistazo antes de nada. 

Pablo no dejaba de mirar a su alrededor. Una cosa era segura, había más de lo que Helga le había contado, pero estaba seguro de que se iba a enterar. No se había metido en ese fregado para quedarse al margen como un simple peón. Su vida estaba cambiando, solo que lo hacía muy rápido. 

La habitación que le habían asignado era más grande que todo su piso, con zona de despacho, terraza y un baño descomunal. Un vestidor lleno de ropa, lehizo pensar que no era el primer inquilino de ese lugar. La cama era gigante, y se imaginó en ella con Helga. 

Cuando le llamaron para cenar, casi se pierde antes de encontrar el comedor. Helga estaba allí, con varios hombres, y le saludó antes de unas rápidas presentaciones. Ya los conocerás a todos con más calma, entrenarás con ellos por las tardes. Ahora, cenemos. 
Tras la cena, Helga le enseñó parte de la distribución de la propiedad y algunas claves para no perderse por ella. 
–En el fondo es sencillo –explicó-, y además contamos con una red de túneles que conectan cada bungalow o cobertizo con la casa grande; si hay algún imprevisto, podríamos escapar con facilidad. 
Helga advirtió la cara de sorpresa de Pablo 
-Bueno, no quiero agobiarte. Poco a poco entenderás todo. 

Llegaron a su habitación y Helga se despidió. 
-Me alegro de tenerte con nosotros, buenas noches- y le dio un beso en la mejilla. 
Pablo la sujeto y la besó en la boca. 
Helga se apartó y repitió -buenas noches. 

La mañana siguiente –tras un desayuno sencillo- empezó con los libros de cuentas. Pablo no salía de su asombro, eran unas cantidades indecentes de pasta. Él, que pensaba que no tener dinero era un problema, se daba cuenta que tener demasiado también lo era y aun mayor, sobre todo si por su culpa puedes ir a la cárcel de por vida. 

Helga entró en el despacho sin avisar. 
–¿Cómo vas? , abajo está Óscar, que conoce todas las operaciones y te ayudará hoy. 
-Si le tenéis a él, ¿qué pinto yo?. 
-Óscar es el mejor en esto, pero se ha convertido en un viejo conocido de la policía, y está inhabilitado legalmente. Vamos, que no puede firmar ni un cheque. 
Viendo la cara de Pablo, Helga cambio de tema drásticamente. 
-¿Te gusta tu habitación, has dormido bien? 
-Sí, es enorme. Y el inquilino anterior se dejó el armario lleno. 
Helga soltó una carcajada 
-Toda esa ropa es tuya, vas a necesitarla. 

Pablo no podía más, por lo que se abalanzó sobre Helga y la levantó en brazos 
-¿Qué haces?, preguntó ella. 
-Lo que necesito eres tú –le dijo al oído mientras la echaba sobre la cama y comenzaba a desnudarla. Pasaron un par de horas en las que no dejaron de tocarse, besarse y follar como locos. 
Pablo estaba en el cielo y Helga –a tenor de sus suspiros y jadeos- también. Después, la pelirroja se levantó y sirvió dos copas de whisky. Puso música. Le estaba cogiendo el gustillo a la que le gustaba a Pablo. Scorpions: Passion Rules the game. Klaus Meine diciendo eso de que “cuando la pasión gobierna el juego, no tengo ningún control, cuando mi corazón está en llamas, solo un poco de suerte esta noche y mis sueños se harán realidad”. 
-Me gustas Pablo –dijo mientras le acercaba la bebida con un beso-, pero delante de los demás soy tu jefa, debes recordarlo. 
Pablo dejó el vaso sobre la mesilla y atrayendo a Helga por las caderas y metiendo la cabeza entre sus piernas, le respondió “sí jefa” manteniendo su boca demasiado ocupada para añadir nada más. 

Los días pasaban rápido, Pablo y Óscar pasaban la mañana juntos entre papales y cuentas, y por las tardes Pablo entrenaba como si fuese un soldado. Un par de noches a la semana las pasaba con Helga. En realidad la veía poco y a veces la notaba preocupada. Sin embargo, cuando preguntaba siempre recibía la misma respuesta: solo estoy un poco cansada. Entonces la abrazaba y le daba masajes en el cuello. Otras veces, el que estaba hecho polvo era él, tenía moratones y el cuerpo dolorido del entrenamiento. Entonces ella le decía: descansa, dejamé a mi. Y le hacía una mamada. 

Una mañana, Helga le dijo a Pablo -Debes darte una vuelta por la ciudad y pasar por tu casa. Déjate ver por tus sitios habituales con normalidad, un par de días serán suficiente. 
Así, mientras tus contracturas mejoran -explicó-, yo saldré de viaje a Londres. Han localizado un diario antiguo que nos gustaría tener, y quiero verlo antes de que salga al mercado. 
-Vuelve pronto –fue lo único que acertó a responder Pablo-, tus mamadas son el mejor remedio para mis músculos doloridos. 
–Serás guarro, voy a tener que enseñarte a hablar como es debido. 

Marko condujo a Pablo a la ciudad y le dejó cerca de su casa. El barrio estaba igual, pero cuando llegó a su piso algo no iba bien. No se escuchaba a la vecina -cosa rara- y su casa tenía la puerta abierta. Pablo sacó la pistola, vio la sombra de alguien y disparó varias veces. Cuando entró a la carrera en su propio hogar, tropezó y cayó al suelo. Al levantarse sintió un escozor en el brazo. A él también le habían disparado. De repente sintió un golpe en la cabeza y todo se nubló. 

@esther2080 

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viernes, 28 de febrero de 2014

CAP.7

Transfiero mi vida y conocimiento al Kybalion siguiendo instrucciones precisas de SU divino orden para futuro juicio de la humanidad: 

Mi historia de campesino y hábil artesano, de feliz existencia con mi amada Eilidh -la bella Eilidh de dorados cabellos-, honrado por el señor del clan con tierras y hombres, se alteró por la mano de su mayorazgo. Sabedor mi señor del ultraje, cayó en mayor desatino al ordenar mi muerte y la de todos aquellos que me amaran, pues la ley imponía la ejecución del infractor y homicida, fuera cual fuese su rango a manos de quien por lazos de sangre u otros a bien tuviese hacerla cumplir. 

Y empezó la sangría y con ella los incendios y con estos la hambruna. 

Oculto en los pantanos, protegido por mis más leales camaradas, lloraba consumiéndome a orillas de por donde el cadáver de la otrora mi dueña se desvaneció. Oré a Cally mi muerte y se me agració con la vida eterna, la verdadera sabiduría, la fuerza, el dominio sin cortapisas sobre SU creación y un primer cometido: acabar con la anomalía que el mal quería instaurar. 

Esperé por última vez como hombre a los sicarios del rey, entre brumas y vendavales les abatí uno tras otro. Mi pericia capturándoles vivos para luego arrastrarles hasta las enfangadas aguas donde ahogarles, me valió el sobrenombre de Kelpie. 

Festejé una tras otra cada victoria con conejos, liebres y algún venado entre risas, buenos vinos y bailes con lugareños, amigos y honrados desertores de su majestad, todos comíamos, bebíamos y en persona entregaba al pueblo la parte del botín correspondiente. 

Cuando el número de carniceros a sueldo alcanzó a 333, cesó su advenimiento, quizás la economía de mi infortunado señor estuviese en horas bajas o no conocía suicida alguno más. En estas, mi regreso al castillo de Culen no sorprendió a sus habitantes que, gustosos, franquearon mi paso hasta el salón del trono. Allí, en esa sala de iniquidad, descuarticé a vistas de todos, uno a uno, el linaje de su majestad, reservándome a hijo y padre como colofón. 

Deben saber que SU divina esencia me otorgó licencias y dones. 

Deben saber que a no pocos de SUS arcángeles -seres creados ex profeso-, aquellos que solo ellos podían ver SU rostro, amargaba y enrabiaba. No era el palacio en la montaña celeste, ni la libre disposición de cuantas hembras y sirvientes allende rincón del universo me fuera otorgado o mi albedrío, no, era el tiempo que dedicaba a mi persona: “un ser inferior”. 

Olvidando su naturaleza, acordaron mi exoneración, precipitando su final. 

SU gracia a bien tuvo comisionarme para tal fin, otorgome el honor de ser SU mandoble, cargo que contemplo hasta la fecha. 

SU persistencia en la pureza, de un todo límpido, sin macula, contrajo su disociación en dos fuerzas de igual magnitud y violencia. 

Abocados inevitablemente al cese de la creación, la guerra por la supremacía fue una constante de magnitud imposible de cuantificar en física humana. 

Mucho fue el padecer del reino celestial, tanto como prosperó mi fama y devoción por Él. 

A la postre, la pugna acabó en tablas cuyo sello se plasmó con un tratado que remató su arcángel y señor de la guerra: Heylel, una tregua de equilibrio sobrevenido, dividiendo universo y contenido. 

Fueron tres millones de años evidenciando su efectividad de gran paz y holganza para mi, entonces, resolvió retirarse a meditar por 50.000 años. 

Habíase acordado con el Señor de la Guerra, portador de la luz, el relevo en el orden, custodia y reinicio de SU creación. Heylel seguía el programa dado, riguroso en el método, digno arrendatario del trono. 

Yo, versado en su traición a futuro, fiel cumplidor de cuantos cometidos me hacía, esperaba se cumpliera SU designio. Aunque tras 50.000 años de ausencia cognoscitiva, SU espíritu era solo un recuerdo, algo que a un inmortal se le da bien es: diluir la memoria. A fuer de sinceridad les relato que creía ya sus palabras como ilusa remembranza. 


Toqué SU tierra un 23 de enero arrebatándole en su último estertor el cuerpo a un tal Arnaud, taxista, hombre, en exceso limpio, ordenado, solitario, friqui, enfermo terminal, adicto a la coca y a la maría por aquello de aliviar males, otrora de buena planta, aferrado aún al volante, como si su destino final fuera una partida de ajedrez y él el peón a mover se negara en consentir. 

Visible a ojo humano, me presenté ante las puertas de la mansión donde Pablo, Pablo Gil, perdía contacto con la realidad gracias a un potente neurotóxico que permite su reprogramación mental… 

Cumplidos los prolegómenos… entré, subí las escaleras serpenteantes hasta el segundo piso donde Helga jugaba con un vaso a modo de micrófono, ni que decir tiene que al verme lo dejó correr en caída libre por su cuerpo –como es de habitual cortesía para conmigo- hasta que a altura oportuna su pie atinó golpearlo… esquivarlo fue fácil con un simple movimiento de cabeza… nos miramos renovando votos... nos debíamos mucho… nos deseábamos más, no obstante nuestro Disociado Señor impedía contacto físico alguno… nuestras mentes cruzaron recuerdos amables a modo de saludo…prontamente acometimos nuestra obligación: 

-Me gustaba más tu pelo dorado ¡so cabrona de mis entretelas! … 
-Yo también te quiero… ¿Qué haces por estos andurriales? 

La dejé aproximar tan a corta distancia para renovar su olor en mi memoria, tanto, que pudo asirme por el pico de la corbata quedando calcinada al instante. -¿A qué juegas? Le pregunté mientras me dirigía a prepararme un vodka seco en vaso largo, una bella manera de beber agua con sabor, pues no hay sustancia que pueda alterar mi juicio. 
-Un poco de papilla y voilà: se cree un emisario alienígena en pos de la paz y concordia universal… jajaja 
Me privan sus pecas y su risa aún más… 

-Vengo a llevármelo por orden de… 
-¿Heylel? 
-Más arriba 
-No te creo… además no le debo pleitesía… Y sí crees hijo de la grandísima que lo voy a ceder sin trocar... lo llevas tela crudo… Le necesito, ha de ser quien justifique a ojos humanos los crímenes cometidos… 
-Tampoco pretendí tamaña cosa, te entrego en permuta el cuerpo que porto y el oro para tu iglesia… para tus iguales –sonreí malévolamente-, perdón tu empresa la Birkenfeld AG, lo encontrarás en dos sacos en el maletero del taxi, pero, éste, éste es mío… 

Me miró, la mire, nos miramos en la dimensión donde nuestros cuerpos reales ataviados para la batalla enmudecieron, ninguno se atrevió a desenvainar primero, nuestro código no permite mostrar acero alguno sin verter sangre enemiga. 
-¿Y Marko? –preguntó.
-Descansando –contesté. 
A través del mirador la vi contonear su cuerpo recorriendo el corto camino de la puerta al coche, lanzarme como hembra ninguna sabe hacerlo esa mirada suya, doblarse para sacar del maletero del “Skoda” las bolsas y portarlas hasta el 4X4… la vi alejarse y volví a llorar por dentro. 

“Pesqué” a Pablo, el “colgao” de Pablo a horcajadas hasta el taxi, poco después lo subía a su casa sin temor a ser descubiertos por los “Zipi y Zape” que habían encontrado la horma de su zapato al estrellar el viejo Ford azul contra una vieja y céntrica zapatillería de moda… 

Lo acosté colocando su glock/20 sobre la mesita de noche derecha, en su contraria, abierto oportunamente el diario de Artur Schnabel y más abajo, entre el larguero de la cama y el armario, en el puto suelo, su querido amigo Cris. 

Crisantomo Valdemoro de la Cruz yacía por sabia selección de ansiolíticos que tan descuidadamente guardaba nuestro anfitrión, incentivo para un alma en pena... 
-¡Puta zorra! Se lo tenía merecido… 
Pensó tras colgar. 
Se los administré con cerveza, él celebraba y yo también que los micros estuvieron colocados y dejado evidencia irrefutable de su enajenación tras la llamada amiga notificándole la desgraciada muerte de Luisa. Luisa murió al intentar salvar a su perro cruzando la calle desatado, ¿un impulso? o quizás ¿un empujoncito? o ¿unas hábiles tijeras cercenaron su vida? 

-Bien Pablo, bien -dije-, hazte digno de esta mudanza en el correr de tu vida y por lo que más quieras, cambia a Satie por Bach. 

Tocata y fuga en re menor opus BWV 565

El cuerpo que portaba lo entregué en el lugar y tiempo señalado… 

© @LAIwtRYU 


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viernes, 21 de febrero de 2014

CAP.6

La imagen de la pantalla se iba haciendo cada vez más nítida. 

-¿Falta mucho para llegar? 
- No – contestó el capitán de la nave - 
- Pasamos al espacio-tiempo de la Tierra. Comenzamos el cambio de medición del tiempo en cinco, cuatro, tres, dos, uno… dentro. Son las tres de la madrugada. Nos mantendremos a distancia en el satélite próximo a ella hasta recibir la señal de Pablo. 

Pablo, cogió un taxi con el poco dinero que tenía. 
- ¿Dónde vamos? 
- Por favor, lléveme a las afueras en dirección norte, yo le indicaré dónde tiene que detenerse. 
El taxista reanudó su marcha y puso música en la radio. A Pablo le gustaba mucho la música pero en aquel momento se hallaba inmerso en sus pensamientos y mientras el taxista tamborileaba con los dedos el volante al ritmo de la canción que sonaba, él no dejaba de mirar con el rabillo del ojo el taxímetro. Y cuando vio que estaba a punto de alcanzar la cantidad que llevaba en el bolsillo y el vehículo se encontraba cerca de la estación de servicio siguiente, dijo al conductor: 
- Es aquí. Pare donde pueda ya. 
- Muy bien. Son treinta y dos euros con sesenta y cinco céntimos. 
- Le doy 35 euros, quédese con el cambio. 
- ¡Muchas gracias! es todo un detalle. 

Pablo bajó del vehículo y esperó a que se fuese. Echó un último vistazo alrededor, comprobando que no había nadie. Se dirigió al interior del bosque con paso tranquilo pensando en sus cosas. 
- Bueno, creo que tengo ya suficientes datos de esta humanidad. Tendré que transmitirlos a la base para recibir instrucciones nuevas. 
- Pablo para base. ¿Me recibe alguien? 
- Aquí base, hemos llegado Pablo ¿Cómo ha ido todo? 
- Bien, creo que ya lo tengo. Os lo paso por el transmisor ahora mismo. 
- Lo tenemos Pablo, te contestamos en un momento. Vamos a revisarlo por si falta algo. 

Pablo esperó sentado en una roca mientras contemplaba el paisaje que tenía enfrente. Un riachuelo corría cerca de sus pies y se quedó absorto mirando los reflejos del sol en la humedad de las piedras, cuando de repente esbozó una sonrisa recordando a la pelirroja. Recordó la entrevista que había tenido con Helga. Le resultó curioso que ambos estuviesen siguiendo el mismo manual de comportamientos, para descifrar el mismo catálogo de respuestas que al fin y al cabo, no daban con ninguna respuesta verdadera. No fue difícil engañarla pues él era él mismo. Lo único que hacía era registrar todas y cada una de las respuestas emocionales en relación a su comportamiento, o más bien al comportamiento de Pablo, el cual estaba regido por un carácter despistado y descuidado, rozando lo ingenuo. Aspecto que chocaba con la agresividad interior que también transmitía y que venía de la cobardía de no querer enfrentarse a su vecina y al resto de conflictos que se le iban presentando cada vez más en cadena, sin optar por estrategia alguna. 


En un momento dejó de pensar en Mario y en Helga y se percató de que hacía mucho que no admiraba un amanecer. Estaba acostumbrado a sistemas con varios soles y quizá por ello, por no poder detener la vista en una sola imagen, disfrutó más que nunca de este suceso, captando todo su esplendor. Había cogido el taxi a las seis de la mañana y su introspectivo estado le había impedido disfrutar de este fenómeno natural que tanto le gustaba y del verdor que le rodeaba durante todo el trayecto. 

Pablo era un ser extremadamente humano y esta misión le había permitido comprender el gran sufrimiento que puede soportar e infligir una misma persona a su alrededor, ya que con su forma de ser había logrado despertar todo un sinfín de emociones destructivas en un amplio círculo de personas que no imaginaba que iba a conocer. Se relajó y recordó su planeta de origen. Aquel que dejó hace tantos años cuando comenzó a trabajar de antropólogo y agradeció la gran formación humana que había recibido y que sin la cual no habría podido llevar a cabo su trabajo sobre el odio. Había sido elegido con urgencia ya que en la Tierra, esta emoción rápidamente contagiosa estaba llevando al exterminio total de toda la raza humana. 

Un ruido le sacó de su burbuja. Era el transmisor: 
- Pablo, ¿estás ahí? 
- Sí, dime. 
- Tenemos un nuevo dato importante. Parece ser que Helga tu pelirroja es la mujer de una persona influyente dentro de la vida del planeta, concretamente en el cuadrante R6. El radio de acción del odio allí es extremadamente amplio. Nos interesaría saber qué está pasando en esa zona por favor. ¿Podrías hacer esto por mí? Sé que mi pelo es verde, no soy pelirroja pero te lo agradecería ya que reduciría el tiempo de la misión y podría estar en casa con los míos antes. 
- De acuerdo voy a ello. Solo espero que nadie me haya visto ya que rompería el contexto social en el que me he desenvuelto durante tantos años fácilmente y se echaría todo a perder. 
- Recuerda Pablo, ante cualquier cambio, inhibición absoluta. 

Mientras tanto el conductor del taxi hizo una llamada desde la estación de servicio: 
- Sí jefe. Lo he dejado aquí, pero ya no está en la cafetería ni tampoco en los lavabos. Creo que es mejor que me vaya. Lo seguiré otra vez desde el centro. Es más seguro. 

@stooodupmelodica

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martes, 18 de febrero de 2014

CAP.5


El día amaneció soleado. Era otro miércoles más o menos. Pablo caminaba con desgana, con la incertidumbre de quien se sabe en un asunto que le supera. En su andar, su pensamiento era libre y solo en esos momentos era capaz de enfrentarse a todo lo que había dado de si su vida, una vida que ni por asomo era de su agrado ni había respondido a las expectativas creadas en su adolescencia. Los recuerdos le asaltaban como fantasmas de su pasado. Y cuando se sentía muy turbado por ello, Pablo se nutría de Voll-Damm en vez de su Estrella habitual. 
Llegó un momento, por eso, en el que sus demonios internos aprendieron a nadar y no podía ahogarlos con ninguna bebida espirituosa. Un toque de atención recibió al respecto en la última revisión médica de su ahora ex empresa. 

Seguía con su caminar, con sus pensamientos y la imagen de Paula clavada en su memoria. Pablo como buen metalhead era muy sensible a la belleza femenina -esta pelirroja me lleva a la ruina- pensaba, pero por otro lado sus ansias de estar cerca de ella crecían a la par que sus propios miedos. Paula tenía una personalidad adictiva, su atractivo iba mucho más allá de su físico. Ella irradiaba atracción, su presencia te sumía en un estado de falsa paz. Paula a su vez era plenamente consciente de lo que despertaba en los hombres. Sus armas eran tan poderosas como eficaces.

Pablo llevaba consigo el último número del Popular 1 y una bolsa con chuscos de pan duro para sus amigos los patos, esos mismos palmípedos que habían sido testigos tantas veces de sus semblantes, de sus iras e incluso de sus lágrimas. Veía un justo tributo en el pan duro a cambio de vomitar todas sus miserias a los habitantes del estanque.

Antes de acudir a su particular sesión de dudosa higiene mental quiso hidratarse. La cerveza era prácticamente el único líquido que consumía, de hecho, no alcanzaba a recordar la última vez que bebió agua. Cerca de su destino había un bar de su confianza. Él era un hombre de bares, se sentía acogido que no querido en ellos. Sin embargo, era selectivo y frecuentaba sólo cantinas que le inspiraban confianza, o donde sentía empatía.

Encaró la entrada de "La oveja degollada" con la confianza de quien sabe que se adentra en terreno amigo.

-Mario -medio vociferó- para hacer notar su presencia.

El tal Mario le recibió sin lanzar cohetes, sólo un escueto gesto de bienvenida y un musitar su nombre.

-¿Lo de siempre Pablo?.
-Claro, lo de siempre y como siempre -dijo Pablo antes de asentarse en un taburete de la barra.

"La oveja degollada" era una especie de pub semi-inglés. Los días laborables acogían clientela de cercanía, y el fin de semana fauna británica ansiosa de fútbol. Pablo asió su jarra de cerveza y le dio un sorbo generoso, acto seguido cogió un puñado de esos kikos que tanto le gustaban y que le ponían de acompañamiento.



-¿Todo bien? -le pregunto Mario.
-Con una cerveza en la mano todo va bien, respondió Pablo dando a entender que no quería entrar en detalles.

-Hay mujeres que sí están realmente bien, dijo Mario a fin de crear un ambiente propicio para que Pablo le consumiese la máxima cantidad de cerveza posible.

-Ya lo puedes decir -exclamo Pablo mientras daba otro sorbo a su cerveza.

-Con disimulo, mujer de bandera a las seis en punto -le susurro Mario a fin que se girase con disimulo.

Pablo cogió unos kikos se los metió en la boca y se giró como aquel que no quiere la cosa. Los frutos secos amenazaron con ir a su traquea directamente ante el estupor que sintió al visionar a Paula en una mesa degustando un gintonic.

La chica estaba espléndida, aunque para ella era tan natural como el respirar. Un gesto con su mano basto para que Pablo abandonase su taburete, y con un paso tan inseguro como su propio ciclo vital, se dirigió a la mesa de Paula.

-Que casualidad !!! -exclamo Pablo con ademán de romper el hielo.
-¿Usted cree en las casualidades?.
Pablo sólo gesticuló.
-¿Me permite sentarme Paula?,
-Por supuesto que no. Preferiría pasear si no le importa, hace un día radiante.

Sin tiempo a respuesta alguna Paula se levantó, se dirigió a la barra y dejo un billete de 50 euros tan perfecto como sus dedos de pianista. Pablo ya no era Pablo, era la viva metáfora de un frágil velero a merced de ese mar inmenso, profundo y caprichoso que representaba Paula.

Mario, el camarero, cogió el billete y miro de reojo la escena, vivir para ver pensó para sus adentros.

Ya en la calle, Pablo arrojó en la primera papelera con la que se topó los chuscos de pan. Del Popular 1 se resistió a deshacerse.
-¿Ve ese automóvil ? -le refirió- y vio un Mercedes berlina clase C.
-Sí que lo veo, para no verlo -pensó.
-No está ahí por casualidad. Si usted da su conformidad nos llevará a un lugar.
-¿A qué lugar? -le refirió- de inmediato.

-Pablo, no se lo voy a decir y lo sabe. Pero que sepa que si accede ya no habrá camino de vuelta. 
Su vida paso por su mente en un instante, y después supo que jamás volvería a ser la misma.

El conductor de la Berlina tenía un semblante tan frío como una mañana de enero, el tráfico a esa hora era fluido. Tomaron la carretera de Vallvidrera en un trayecto rápido y limpio, donde nada se dijo cuando había tanto por decir.

La casa tenía 650 metros cuadrados, 5 plantas comunicadas por ascensor, escaleras interiores y exteriores un jardín de 1500 metros cuadrados y un porche de acceso por el cual entró la Berlina previo paso de dos enormes portones que se abrieron automáticamente. Había cámaras de seguridad por doquier. Pablo estaba en otra dimensión. Directamente se encaminaron hacia un pequeño pasillo que les condujo a un ascensor, Paula sólo rozó el indicador y les trasladó al momento a la tercera planta.
Lo que Pablo vio no entraba en sus esquemas, el lujo, la opulencia reinaban en toda la planta.

-Paula, es asombroso - dijo por decir algo.
-No me llamo Paula, mi nombre es Helga.
Pablo tomó conciencia que su viaje sin retorno era ya una realidad.
-¿Y ese señor quien es? -exclamó Pablo, señalando un enorme cuadro que presidía la sala principal de la planta.

-Un familiar mío -dijo ella esbozando una sonrisa-, fue un gran médico y antropólogo.
-¿Y era familiar suyo? -le requirió de nuevo.

-Sí, un familiar directo. El doctor Josef Mengele.

El Popular 1 que tenía en sus manos cayo al suelo. Pablo la miro, como se mira al deseo, al amor y a la muerte y entonces inspiró airé... y expiró amargura.



© Josep Harris

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