lunes, 6 de julio de 2015

Robert Ponomarev


Comienzo la semana con Robert Ponomarev, un fotógrafo de Oslo del que no os puedo dar más información. No me lo tengáis en cuenta, es lunes.

domingo, 5 de julio de 2015

William Mortensen


Despido el día con William Mortensen, fotógrafo norteamericano nacido a finales del siglo XIX en el seno de una familia de emigrantes daneses que llegó a participar en la I Guerra Mundial. Tras licenciarse estudió ilustración en el Art Students League de Nueva York, aunque un traslado a Hollywood le convirtió años después en el fotógrafo de estrellas por el que es conocido. Enamorado del pictorialismo y del efecto que tal corriente estética otorgaba a sus retratos, acercándolos a la pintura romántica –algo que, por otra parte, le enemistó con bastantes de sus colegas más cercanos al realismo–, Mortensen es hoy una de las figuras indispensables de la fotografía del siglo XX. Además, para un amante de la fotografía y la pintura como yo, sus fabulosos trabajos con caraterísticas de ambos medios de expresión suponen un verdadero placer para los sentidos.

El último Kamikaze


Y completo el aporte cinéfilo con El último Kamikaze, película española de mediados de los años 80 escrita, dirigida y protagonizada por Paul Naschy con la participación en los principales papeles de José Bódalo, Manuel Tejada, Mirta Miller, Julia Saly y Leticia Marfil. La cinta no tiene desperdicio. Se inicia con la imagen de una bonita máscara noh, ejemplo de la fascinación por lo japonés que tenía Naschy, algo que explica tanto el título de la obra como que su protagonista adquiera ese aspecto con sombrero y gabardina a lo Alain Delon en Le Samourai, un estupendo film francés de título nipón obra de Jean-Pierre Melville del que ya os hablé en el pasado, con el que esta El último Kamikaze tiene bastantes puntos en común. Claro que del atractivo y joven Delon –en una magistral interpretación, dicho sea de paso– al barrigón Naschy hay un buen trecho. Así pues, tras los créditos resulta que estamos en Madrid. Aparece un Cadillac –por cierto, con matrícula de Sevilla– del que salen dos tipos en chándal a hacer jogging y vemos a Naschy como Kamikaze, un sicario maestro del disfraz que poco después –atención, spoiler– acaba con ellos a tiros. Los asesinados son Don Eduardo y su guardaespaldas, por lo que el jefe de la organización mafiosa a la que pertenecía el difunto ordena a un joven asesino a sueldo llamado Christian que elimine a una serie de objetivos entre los que se encuentra Sergio, el Kamikaze. Mientras, asistimos a una nueva acción de nuestro amigo en la que acaba con un miembro de la Camorra, sus amigos y sus chicas. La escena nos proporciona una prometedora ración de tetas, sangre y miembros amputados. Ummm... parece que El último Kamikaze es una pelicula de las que no puedo hacer otra cosa que recomendaros: sexo, violencia y esa apariencia de cutrez casposa que tanto nos hace disfrutar a algunos frikis


Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Los diálogos, de profundos que pretenden ser, pecan de ridículos a más no poder, las interpretaciones son de juzgado de guardia y el argumento es de lo más trillado. Además, tiene fallos pueriles, como el autorretrato como oficial de las SS que Kamikaze, en su faceta de pintor, ha colgado en su estudio y en el cual –ignoro si por error o adrede, lo que sería aún peor– la esvástica que aparece en el brazo del retratado es levógira, cuando la version que adoptaron los nazis como símbolo era la dextrógira. Y así, mientras Naschy juega a ser Lon Chaney recorriendo el mundo a tiro limpio, el elegante Tejada hace de Christian reuniéndose con sus clientes pero sin que veamos que dé un palo al agua. Sin embargo, cuando Sergio da por terminada su misión al eliminar al último de sus objetivos, Christian inicia la suya. Eso sí, no se nos explica ni qué son esos hombres ni lo que les une, excepto que –se supone- pertenecen a una organización competidora de la que ha contratado a Kamikaze. En resumen, que El último Kamikaze no es ni de largo de las mejores cintas de Naschy ni ofrece lo que el argumento prometía a priori. ¿Significa eso que no debáis verla? Para nada amiguitos, no deja de ser un exponente de nuestro cine menos mainstream –ese mismo año Camus estrenaba la laureada Los Santos Inocentes– y si la abordáis con unas cervecitas y algo para picar podéis tomárosla incluso como una comedia –involuntaria– bastante entretenida, incluyendo momentos onírico-surrealistas con toques nazisploitation. Miradla, piltrafillas, disfrutadla y dejaos de prejuicios.

Blackhat


Piltrafillas, mi primera reseña cinematográfica de este domingo se la dedico a Blackhat, lo último de Michael Mann protagonizado por el asgardiano Chris Hemsworth –es un chiste, malo quizás, pero chiste–, Leehom Wang y Wei Tang. La historia que nos cuenta es la de una amenaza cibernética internacional que se inicia con el sabotaje de una planta nuclear en Hong Kong y prosigue con un ataque a la Bolsa de Chicago. Por ese motivo, las autoridades chinas y norteamericanas deciden colaborar en la búsqueda del culpable. En China, el capitán Chen Dawai –un especialista informático educado en el MIT de Boston– es encargado del caso y lo primero que hace es desplazarse a los Estados Unidos y solicitar que liberen a Nick Hathaway, un peligroso hacker que cumple quince años de condena por delitos informáticos. Y es que Chen ha descubierto que parte del código malicioso utilizado en los ataques lo idearon como una broma él y Hathaway cuando ambos eran compañeros en la universidad. Necesitado de alguien de confianza, Dawai pide ayuda a su hermana Lien, que también le acompaña, dispuesta a unirse a la pareja de antiguos amigos. 


Amiguitos, cabe la posibilidad más que probable de que yo me entretenga con poco. Aunque también puede ser de aplicación la definición que no hace mucho encontré en un crucigrama y que más o menos venía a decir “aquel cuyo juicio poco tiene que ver con el del resto del público”: crítico. Y es que la mayoría de las críticas que había podido leer de esta Blackhat antes de verla la dejaban un pelín por encima de la altura del betún. Y, a ver, es cierto que Mann abusa de las escenas nocturnas y que Hemsworth –el marido de la madrileña Elsa Pataky, una mujer que siempre me ha caído aintipática, qué le voy a hacer– no es que sea precisamente un gran intérprete. Tampoco ayuda que la química entre su personaje y el de Wei Tang sea inexistente y que lo enamorada –enchochada sería más adecuado– que está Lien de Nick produzca en alguna escena vergüenza ajena, pero yo he encontrado a esta Blackhat bastante distraída. Así que yo no le daría ni la categoría de palomitera, pero su factura es más que aceptable y sirve para pasar un buen rato ante la pantalla. Eso sí, usar, tirar y olvidar.

HOTFEEL


Hace un año más o menos conocí en Twitter de mano de su guitarrista a una banda barcelonesa llamada Hotfeel. Acababan de editar un EP digital con el sugerente nombre de Silverado, que también era el título de su primer tema, una estupenda presentación arropada por esa carátula virtual que nos remitía a los pantanos de Louisiana que rápidamente se te metía en el cerebro y en la que destacaba –además de ese sonido entre hard rock clásico y blues rock– la estupenda voz de su vocalista. Dirty Lovin’ era un segundo tema que tampoco tenía desperdicio y el tercero –para ser sincero debo decir que es el que menos me atraía al principio- era un cálido Rattlesnake en el que The Reverend se explayaba a gusto. 


Lo cierto es que esas tres perlas estupendamente grabadas en los estudios La Atlántida del Poble Nou barcelonés –me pregunto si los escogieron porque el nombre comenzaba por L.A.– entraban perfectamente y rezumaban Jack Daniel’s con sudor mientras evocaban imágenes de sexo, alligators y rednecks con pantalón de peto. Normal para una banda con nombre de una Chevy pick-up


Cuenta la leyenda que la semilla de Hotfeel arraigó en El Paso, cuando la vocalista Panther y el guitarrista The Reverend se encuentran y deciden montar una banda, a la que acaban uniéndose el camionero Animal Contreras a la batería y un bajista de L.A. al que llamaron Sick. Y aunque ni soy reportero musical ni un entendido en el estilo de música que ejecutan Hotfeel –que identifico más con unos Black Crowes que con Ratt o Judas Priest, que es lo que he mamado–, tal y como cuento en el perfil de este este blog, tiendo a hablar de cosas que desconozco y para las que no tengo formación. Así que, cuando The Reverend me envió el enlace a su nuevo EP pidiendo mi veredicto –como si yo fuese alguien– no he podido hacer otra cosa que dedicarle una humilde entrada en este espacio para recomendaros que os rindáis a sus notas. Y es que, amiguitos, si Silverado ya era una joyita, con su nuevo Goddess of lust se han superado. 


De nuevo estamos ante un EP digital con tres temas pegadizos –en el buen sentido, esto no es Europe– y más hard rockeros que los de su predecesor, en los que vuelve a destacar una Panther que parece Janis Joplin sin carraspera y con un amplificador en las cuerdas vocales, un The Reverend que poco a poco va aprendiendo a tocar su guitarra –es una broma, man– además de una base rítmica bien conjuntada, responsabilidad de Sick y Animal. Así, en este novísimo Goddess of lust podemos disfrutar de la cañera I gotta run –a la que veo como una prima hermana de Dirty lovin’-, la arrastrada Gone for good, con un estupendo solo y la que da título al EP, otra fantastica canción con un final acelerado cortesía de Animal Contreras


Quién sabe piltrafillas, el futuro puede ser un vinilo azul –por ejemplo– que recoja estos seis temas y alguno que está por venir, protegido por una cubierta con artwork impresionante y una funda interior con fotografías de la banda e imaginería de pin-ups, cine 50’s, bizarrismo y sexo. Ahí os lo dejo, Hotfeel. Y ojito, si hay que hacer crowdfunding se hace. 



Acceso a los dos EP aquí.